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“El confinamiento, aquí, se puede hacer en la calle”

Habla con conocimiento de causa cuando dice: “No me imagino lo que tiene que ser mantener a los niños encerrados en un piso de Barcelona”. Reconoce que en Siurana “el confinamiento se puede hacer en la calle”. El estallido del coronavirus le ha cancelado todas las reservas que tenía en el hotel para las próximas semanas. Siurana está insólitamente vacío. Como contrapartida, Pau se plantea aprovechar la quietud para enseñarle a su hijo a montar en bici. “Ahora que estamos tranquilos, quizá aprovecho para quitarle los ruedines”

El confinamiento no pasa de largo de los municipios pequeños. En sus calles no hay muchos ojos para vigilar ni tantos labios para delatar, pero ante la suposición de que lejos de las grandes urbes el obligado encierro doméstico podría ser más relajado, los vecinos de los pueblos reclaman no ser invadidos por visitantes de fin de semana y defienden que acatan el aislamiento con responsabilidad. Caer en la tentación de saltarse la prohibición no sale gratis. Hace unos días, los Mossos d’Esquadra levantaron acta sancionadora contra siete jóvenes que estaban jugando un partido de fútbol en una plaza de Prat de Comte, el pueblo más pequeño de la Terra Alta. Otra patrulla multó a un hombre que salió a estirar las piernas por Cornudella de Montsant, en el Priorat.

En Prat de Comte viven un centenar de vecinos. El pueblo adquirió cierta fama en 2015 al publicar el Ayuntamiento un anuncio en el que ofrecía casa y trabajo a las familias con hijos en edad escolar que se instalaran allí. Era una maniobra para tratar de evitar el cierre de la escuela. Salvaron el colegio, pero Prat de Comte sigue sin desembarazarse de la amenaza del abandono. Está situado entre Tortosa y Horta de Sant Joan, a los pies del macizo dels Ports, completamente rodeado de monte.

“Habitualmente ya es raro que si sales a la calle te cruces con alguien, pero igualmente la gente está concienciada y se siguen las indicaciones”, cuenta David Pons. Él y su pareja conviven con tres niños pequeños. “Aguantarlos encerrados en casa, imagínate lo que cuesta”, dice David. “Creo que no pasaría nada si nos fuéramos por los caminos de detrás de la escuela o hacia la Fontcalda, porque no nos encontraríamos con nadie”, indica, antes de afirmar que prefiere evitarse problemas. “Si me pillasen los Mossos me caería una multa, y merecida”.

La concienciación vecinal se aprecia también en la pequeña tienda de comestibles que hay junto a la carretera. “Aquí todos tenemos congelador grande y una despensa, pero si da la casualidad que falta algo, en la tienda lo encuentras”. El colmado solo abre por la mañana y el aforo se limita a dos personas. Frente a la puerta, los clientes hacen cola dejando un hueco entre ellos. “Charlamos a distancia mientras esperamos el turno”, dice David.

En la Terra Alta, según el Idescat, más de un 40% de la población ha cumplido los 65 años. Maria José Palomar regenta desde hace 18 años la farmacia de Arnes, en la misma comarca. “Esta es una zona de riesgo porque el porcentaje de gente mayor es alto”, dice. Constata que la obligación de confinamiento se sigue al pie de la letra. “Se ve el pueblo más triste, porque no hay casi nadie por la calle, no se forman ni los habituales grupitos de mujeres hablando delante de la panadería”.

Opina que los vecinos, unos 400, están “concienciados” y “ni los que salen a pasear el perro se van muy lejos”. Dando una corta caminata enseguida se dejan atrás las calles del pueblo y se puede llegar a parajes naturales tan atractivos como la Capelleta o el Toll de Vidre. “Yo pensaba que la gente sí iría a andar por ahí, pero salen lo justito”. La farmacéutica señala que, más allá del poder intimidatorio de las rondas de los Mossos, “tenemos mucha gente mayor en el pueblo, y hay miedo de contagio”. Prueba de ello es la falta de mascarillas y de guantes que hay en la farmacia, donde incluso se ha agotado el alcohol de 96 grados. “Como me quedé sin solución hidroalcohólica, la gente ha recurrido al alcohol de botiquín, y eso que yo les digo que se lo guarden y que para lavarse las manos utilicen agua y jabón. Si hay alguno muy maniático que ponga un par de gotas de lejía”.

En el Priorat, el Consejo Comarcal y los ayuntamientos han pedido que se impida la llegada de gente que acude a segundas residencias o a domicilios de familiares. En un comunicado se ponía de relieve que en los pueblos hay una elevada tasa de envejecimiento de la población, y se aludía a la “precariedad” de los servicios sanitarios. Una mezcla que convierte al Priorat en un territorio “especialmente sensible” frente al coronavirus. Siurana es una de las perlas de Priorat. Apenas hay una veintena de residentes pero el pueblo tiene un potente atractivo turístico y la llegada de visitantes suele ser constante y masiva. Hasta el punto de que, a finales del año pasado, se instauró una tasa obligatoria para quien quiera aparcar el coche y visitar el pueblo.

Con el coronavirus pululando libremente, el aparcamiento está vacío y en Siurana solo hay silencio. “La ventaja es que aquí podemos salir a la calle y no nos encontramos a nadie”, manifiesta Pau Escriu. Regenta el Hotel Siuranella y es padre de dos niños, de dos y cuatro años. “No los saco por responsabilidad”, indica. Y también, confiesa, porque tiene un jardín de “500 metros cuadrados de césped”. Nacido en Sant Quirze del Vallès, hace once años que se instaló en Siurana.

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