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El bucle de Ray Zapata: “Todo eran palos, estuve meses sin dormir más de tres horas”

“Ray está en la sala de fisio. Tienes que subir a la planta -1”. Son las 12.30 de un martes de septiembre y en el pabellón de gimnasia artística del CAR (Centro de Alto Rendimiento) está entrenando el grupo júnior. Ray Zapata, 27 años, está tumbado en la camilla dos plantas más arriba. Las manos de María Llamazares cuidan de su tobillo izquierdo, operado hace casi un mes. Le quitaron unas calcificaciones. Tiene tratamiento diario de fisioterapia y el jueves volvió a la rutina de doble sesión de entrenamiento. “En un mes y medio creo que estaré saltando ya otra vez”, dice el gimnasta español.

La pandemia por el coronavirus aplazó los Juegos de Tokio de un año y él encara estos 10 meses con el sosiego de haber conseguido el billete olímpico en suelo. El nuevo sistema de clasificación -por primera vez los gimnastas pueden clasificarse individualmente a través de un circuito de Copas del Mundo en el que se contabilizan los tres mejores resultados de un total de ocho- lo llevó al límite físicamente y mentalmente. Le obligó a no parar y a alargar los picos de forma. Y, por primera vez, cuenta el bucle en el que acabó metido en el último año y medio, desde la vuelta tras la operación en el tendón de Aquiles. Muchas veces se desconoce el precio que hay detrás una clasificación olímpica peleada lejos de los focos.

“He tenido meses de dormir no más de 2-3 horas por noche. La cabeza es un mundo y aunque tú no quieras, empieza a dar vueltas y puedes entrar en un bucle bastante malo”, se sincera. “Me lo dijo también el psicólogo, que está bien exigirse pero en el pabellón, porque cada cosa tiene su momento”, explica. Zapata se operó del tendón de Aquiles en 2017 y estuvo parado siete meses. Reconoció, en su vuelta, en una charla con este periódico que esa lesión le había aligerado la cabeza. Pero… “El nuevo sistema de clasificación te exigía estar a tope durante dos años; pero a tope es a tope. En las Copas del Mundo, en las competiciones con mi equipo en Alemania [se apuntó a la Liga de allí en 2018] en las de equipo con la selección y en las individuales, como los Mundiales. Yo quería estar en las finales y estos dos últimos años eso se me ha resistido un poco. En Doha 2018 no entré en la final; y a Stuggart 2019 fui, pero como reserva. No competí. Quedarte fuera porque no encajas en el equipo, y no porque no hayas trabajado, es un palo”, cuenta. El equipo español se clasificó para Tokio 2020 en ese Mundial. Zapata tenía por entonces bastante avanzada la clasificación individual en suelo. Pero ese “palo” degeneró en otros.

“Después de Stuggart me pegó un bajón y resulta que tenía que volver a subir y muy rápido además, porque me la jugaba a nivel individual. Me exigía yo solo: ‘quiero esa plaza olímpica, porque después del palo del Mundial me la merezco”, continúa. El psicólogo le hacía ver que esa plaza no era suya, que tenía que ganársela. “Pero yo contaba con que era mía, que tenía que mantenerla. Y trabajaba agobiado”, explica. Tanto que un segundo puesto en la Copa del Mundo de Alemania en noviembre de 2019 le supuso otro palo. “Porque yo quería el oro, con un oro ya estaría clasificado”. Tan agobiado trabajaba que el quinto puesto de Melbourne en febrero, aunque sus rivales lo hicieran peor y siguiera liderando el ranking olímpico, le pareció otro palo más. “Yo seguía viéndolo como un palo porque me salté las vacaciones de Navidad para preparar Melbourne. ¿Cómo puede ser que salgan así las cosas si estoy trabajando más y mejor que nunca?”, me repetía.

Cuando se desplazó a Baku a mediados de marzo para otra prueba de la Copa del Mundo y no pudo competir por una bronquitis que le mandó al hospital [para descarta que fuera Covid-19], lo vivió como un palo más. “No salía nada. Durante ese período de tiempo dormía 2-3 horas por noche. Mi cabeza solo estaba pensando en un objetivo: en cómo mejorar cada día, en qué hacer para mejorar…. qué cambiar, qué salía rentable: si meter más dificultad en los ejercicios o meter menos. Tú haces un trabajo que es de una calidad increíble y das un paso pequeño y ya no te gusta porque no es perfecto. ¡Pero la perfección no existe! Hoy veo los vídeos de esos ejercicios y digo: ¿y de verdad te quejabas? La preocupación y la cabeza te hacen volverte un poco loco. Estaba metido en un bucle. Y nada importaba”, dice ya aliviado.

¿De dónde sacó fuerzas? “Pues no lo sé. Fue un reto, complicado, porque además no estaba en mi mejor momento personal. Reaccioné por inercia creo y con la ayuda de mi entrenador, de mis compañeros y del psicólogo”, responde al mismo tiempo que confiesa que sigue sin haber recuperado del todo el sueño. “Hay días que consigo dormir mis horas normales, otros que mi cabeza está en plan: ‘vamos a ver qué puedo hacer’. Pero ya lo vivo de una manera más tranquila, pensando en que todo el trabajo hecho va a salir sí o sí”.

Un nuevo elemento (secreto)

Conseguido el pase olímpico, quitadas las calcificaciones del tobillo, quiere aprovechar estos dos meses para terminar de recuperarse. “Quiero intentar llegar a diciembre en el máximo pico de forma posible y aprovechar enero y febrero para fijar un ejercicio de cara a los Juegos, probarlo en Doha [Copa del Mundo en marzo] y afinarlo lo máximo posible para llegar a Tokio y disfrutar”, dice. En el ejercicio habrá un nuevo elemento –secreto- en el que está trabajando desde hace meses.

“Sé que tengo la posibilidad de llegar a la final olímpica y de conseguir una medalla, pero eso puede pasar o no pasar. Por suerte estoy con el psicólogo y con mi entrenador y ahora mismo lo veo de una forma distinta: aunque mi cabeza no deje de pensar en cómo ser mejor, lo afronto de otra forma, no estoy tan agobiado. Vamos a disfrutar, a intentar sorprender a todo el mundo con el nuevo elemento y vamos a intentar conseguir una final y una medalla olímpica. Ya que voy, hay que intentarlo por lo menos…”, concluye con su habitual sonrisa.

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