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Don Rafael huyó para que no le llegara su hora

A la izquierda, una residencia Orpea (David Expósito). A la derecha, Don Rafael, retratado por su familia.A la izquierda, una residencia Orpea (David Expósito). A la derecha, Don Rafael, retratado por su familia.

Era la hora de la cena. Las 20.00. El trabajador de la residencia servía los platos a Don Rafael en su habitación, donde el anciano había quedado confinado desde el comienzo de la pandemia. Don Rafael notó que el empleado, con el que tenía cierta confianza, tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando.

—¿Es que has visto algún muerto?—preguntó.

—Seis, Don Rafael.

—Pero qué me dices…

—Hortensia, Conchita, Leopoldo…

Don Rafael tenía relación con todos ellos. A algunas, como a Hortensia, las consideraba personas amables, “agradabilísimas”. En ese momento, tomó conciencia de todo lo que ocurría fuera de su habitación: además de las muertes, muchos trabajadores de plantilla de la residencia Madrid Loreto, de la empresa Orpea, estaban de baja, había un importante número de personas aisladas en una sola planta, la lavandería no funcionaba desde hacía varios días y, lo que peor sonó para él, ya no se entraba a limpiar en las habitaciones de los residentes con síntomas por miedo al contagio.

Entonces, llamó por teléfono a su hija. Debía marcharse de allí lo antes posible.

Rafael García, de 89 años, don Rafael para todo el mundo, ocupaba un apartamento de dos habitaciones y un baño en la residencia de Loreto. Hace seis meses que murió su esposa en Córdoba. Cuando se quedó solo, eligió vivir en compañía de otra gente de su edad. Sus hijos le insistieron para que se fuera a casa de alguno de ellos, pero él se negó, No quería molestar. Jurista, criminólogo, fue durante 43 años funcionario del cuerpo técnico del Ministerio de Interior, y valoraba su independencia. Por la plaza en la residencia pagaba 3.400 euros al mes. “La tuve que dejar al averiguar de forma indirecta y bajo secreto de un empleado que mi salud, y hasta mi vida, estaban en peligro”, cuenta por teléfono desde casa de su hija, donde vive ahora.

Don Rafael recibió la información que le llevó a marcharse con lo puesto el 20 de marzo. Desde el día 8 la Comunidad de Madrid prohibió las visitas en todas las residencias de la región. Quedaron cerradas a cal y canto. Los familiares se quejan de que es muy difícil comunicarse desde entonces con los centros, desbordados, faltos de personal que se han dado de baja por el coronavirus. Muchos de los mayores, aquejados de enfermedades, difícilmente pueden comunicarse. Don Rafael, en cambio, sí mantenía contacto habitual con su hija. Había sido decisión suya permanecer en el centro al empezar la cuarentena, por miedo a llevar el virus a sus familiares.

El primer infectado en ese centro se detectó a principios de marzo. El hombre fue hospitalizado. Don Rafael compartió mesa durante el almuerzo con el enfermo, antes de que se le diagnosticara. Nunca más volvió a saber de él. Encerrado en su habitación, elaboró unas rutinas que le llenaban el día. Paseaba media hora por las dos habitaciones del apartamento, leía la prensa digital, jugaba al ajedrez en su portátil y visitaba, a través de una webcam, la Puerta del Sol, su lugar favorito para estirar las piernas. “Soy una persona curtida en duros avatares, propios y ajenos. Sin embargo, ya no me han servido para superar lo que se estaba viviendo en la residencia”, explica.

La noticia que le llegó de los seis muertos es solo un bosquejo de la dimensión real de la crisis interna que vivía el centro. Desde que se desatara la pandemia 22 residentes han muerto. El primero, el hombre que fue trasladado a principios de mes al hospital. Al trascender la noticia de los más de , la primera señal de alarma en toda España de que algo grave ocurría tras los muros de las residencias, la hija de don Rafael llamó a la trabajadora social y le preguntó hasta en tres ocasiones si alguien había fallecido con Covid-19. Según su versión, la empleada fue tajante: “¡No, claro que no!”. Ni ella ni su padre le creyeron y, a la mañana del día siguiente, él salió por la puerta con un poco de ropa y unos enseres. Ella le esperaba afuera con el coche.

Ricardo Bucho, portavoz de Orpea, explica que, desde que se conocieran los 20 primeros muertos, su residencia recibió un aluvión de llamadas de familiares preocupados. Bucho dice que solo el primer fallecido, el señor que almorzó junto a don Rafael, está verificado como víctima del Covid-19. Después de él, otros once residentes fallecieron con síntomas compatibles con el virus, pero no existe confirmación porque no se les hicieron los tests a los cadáveres. Respecto a las diez muertes restantes, sobre las que el portavoz no ofrece una cifra concreta, asegura que se deben a la propia naturaleza del centro, que tiene varias plantas dedicadas a cuidados paliativos para personas en los últimos momentos de su vida.

Bucho no explica si ese nivel de mortandad existía sin pandemia. El responsable defiende que el lugar cuenta con todas las medidas de protección necesarias. Con el 20% de la plantilla de baja, considera que el equipo está haciendo “un sobreesfuerzo encomiable”. “Los trabajadores de la sanidad son unos héroes y la gente se lo reconoce en los aplausos en todo el país de las ocho de la tarde. Pero ese homenaje debería ser también para los profesionales de las residencias, que se están dejando la vida en salvar a la gente”.

Don Rafael no quiso arriesgarse a correr la suerte de sus vecinos. “Aunque cerca de los 90 años, con piernas ya lentas y patologías graves, pero con mi cabeza en perfecto estado, no deseo enfrentarme a los momentos finales de la vida, si es que me tocara ya, de la forma en la que muchos, por abandono o negligencia, y en la soledad más absoluta, lo están sufriendo”, escribe desde el ordenador de su hija.

Antes de marcharse se despidió de la recepcionista, “una chica muy amable”. También se cruzó con la directora del centro, de la que se despidió con elegancia:

—Dios los guarde a todos.

Salió por la puerta. Todavía no le había llegado la hora.

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