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De una peluquería bangladesí a una peluquería hípster: “Qué pelos tengo por Dios, si parezco la bruja de Blancanieves”

Todas las peluquerías tienen un nombre, pero muy pocas —por no decir ninguna— se llaman Peluquería. La peluquería Peluquería está en el barrio de La Latina desde 1942. Peluquería está especializada en señoras de barrio, un tipo de clase social almodovariano duramente golpeado en estos tiempos. Entrar en este pequeño local es viajar a la década de los setenta y ochenta: tres secadores de casco antiguos, grifos viejos con forma de teléfono, una estufa de butano negra, el mítico fijo Duomo de los 90. Hasta la lista de precios, que van desde los 12 euros de un corte hasta los 35 de una decoloración, están escritos a mano por la encargada Maribel Villalta, de 50 años. “Hoy me he puesto el supermandil de L´Oréal, que es como un EPI del hospital”. Villalta, que sonríe con la mascarilla puesta, se sabe la vida de más de 200 clientas. “Soy su médico, su psiquiatra y su psicóloga”. Reabrir ha significado traer tres botecitos de gel con alcohol, un bote de lejía, diez toallas blancas y tirar toda la prensa rosa a la basura. Manosear la vida de los famosos está prohibido en los nuevos tiempos:

— Qué pelos tengo por Dios, si parezco la bruja de Blancanieves.

Es Lola Alba, de 89 años, que, con dos prótesis de cadera, llevaba 51 días encerrada en un sótano de Lavapiés. Dice que su hijo Miguel Ángel le dejaba todos los días la comida y las medicinas en el alfeizar de la ventana. “Todos las tardes cuento los azulejos de mi pasillo. Son 30, pero siempre me doy la vuelta para confirmarlo”. Le agobia el futuro que vendrá, pero Maribel se lo explica mientras le coloca una docena de rulos franceses rosas:

— Todo va a ir bien, mi Lola.

— Pues tengo el pelo como los de la isla de los famosos.

Maribel —ojos verdes aceituna, rizos rubios, mallas negras, deportivas y desde hoy mascarilla de un día—cortaba el pelo a sus muñecas desde que era una adolescente. Por primera vez en su vida se ha puesto guantes para trabajar. “Lo llevo fatal porque genera mucha electricidad”. Hasta nueva orden solo atenderá a seis clientas con reserva al día.

2. Una peluquería bangladesí de Lavapiés

Suena música de Bollywood, pero el señor Rakal, de 61 años, es un tipo serio. Abrió el negocio en 2012 en Lavapiés y apenas habla castellano. Es el peluquero de los bangladesíes, una comunidad que tiene censados a más de 2.500 en el barrio. A las 11.00 de la mañana ya tenía a cuatro señores de unos cincuenta años esperando. Aquí la orden del BOE no se ha implementado del todo. La distancia de seguridad se guarda entre los asientos, pero no se ofrece gel con alcohol al entrar, ni tampoco es necesaria reserva. De hecho, se pueden leer periódicos nacionales para amenizar la espera. Con una pequeña pega: son del 1 de mayo de 2018. La única novedad es un taco de bolsas de tinte negra que todo cliente ha de enfundarse antes de pasar por la maquinilla. Saif Ali, de 47 años y con una mata de pelo gigantesca, recibe la orden del señor Rakal de sentarse en el trono. “Llevo dos meses sin cortármelo”. El señor Rakal, con gafas, guantes y mascarilla, lo deja listo a los 10 minutos. “Son seis euros”.

3. La barbería hípster de La Latina.

La tribu urbana de los hípster con barba también estaba ansiosa por la reapertura. A las diez de la mañana abrió la peluquería para hombres Bearbero de Embajadores, que ya cuenta con una lista de espera de más de una semana. De estilo moderno y neoyorquino, apenas cuenta con productos visibles. La sencillez reina ahora en el mundo de las barbas. El reggaetón, eso sí, sigue prohibido en local, como antes de la crisis. Aquí suena rockabilly. “Hemos estado haciendo recomendaciones online para aquellos que querían cortársela”, cuenta el encargado sevillano Juan Manuel Sánchez, de 41, que, predicando con el ejemplo, lleva una barba canosa al estilo Helsinki en La Casa de Papel. Todos sus empleados llevan mascarilla y, aquel que quiera, también usará visera protectora. Más novedades: lavado de pelo al principio y al final.

“Lo estaba deseando”. Javier, de 53 años, acaba de salir de una guardia del Hospital de Getafe. Viene a cortarse el pelo y la barba y, de paso, se llevará un bálsamo y un gel especial para que el pelo brille y esté a punto. El teléfono de reservas, mientras tanto, no para de sonar.

4. La peluquería Op-zon de Chueca.

La joven Míriam Mateo, de 36 años, tiene una lista de espera de más de 170 clientes para toda la semana. Es una de las peluquerías más estrictas de la zona centro. Dice que ha hecho un ERTE del 50% porque, aunque le han rebajado el alquiler, no ha sido suficiente para mantener el empleo de toda la plantilla. Ha reabierto ilusionada, pero con dudas. Antes de entrar, un cartel con una serie de reglas indican al cliente lo que le espera dentro: “Aguarde en la entrada a las instrucciones de su estilista. No podrá ser atendido si no tiene cita previa. Los bolsos y efectos personales deberán estar en todo momento con usted”.

Una vez en el interior, una de las peluqueras se acerca y desinfecta la suela de las zapatillas con un espray. Solo coincidirá con otro cliente mientras esté siendo atendido. Antonia, de 56 años y con un reluciente bolso de Yves Saint Laurent entre las manos, ha acudido a cortarse el pelo con Cloe, su caniche, de dos años. “Ella —señala a Cloe mientras la acaricia— fue el jueves pasado a una veterinaria y ya se cortó el pelo”.

Dice que echa de menos las copas con las amigas, que no madruga mucho, que a saber cómo será la vuelta al cine y al teatro. “Yo viajo mucho a Asia y no me ha chocado que ahora todo el mundo lleve mascarilla”. Cree que ha pasado el coronavirus porque estuvo un par de días con fiebre. “Hay que tener precaución, pero no miedo. El miedo te paraliza y dejas de tener imaginación porque te quedas neutralizada”.

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