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De la carpa del circo a la limpieza del pueblo

Billy Sacristán, miembro Circo Stellar, corta la rama de un árbol en uno de los jardínes del pueblo de Torrellas.Billy Sacristán, miembro Circo Stellar, corta la rama de un árbol en uno de los jardínes del pueblo de Torrellas.Carlos Gil-Roig

El ruido de un montacargas resuena en las preciosas callejas de arquitectura islámica de Torrellas (Zaragoza, 250 habitantes). El eco se puede escuchar en la entrada del pueblo, procedente de los seis tráileres del Stellar Circus, toda una institución en las artes circenses españolas. En el vehículo, usado antes para levantar carpas de circo, Billy Sacristán, de 18 años, saca del jardín un montón de agujas de pino. Frente a él, Moisés Malmierca, que hasta hace tres meses era montador, da instrucciones al chico, hijo del director del Stellar: “Cuidado, chaval, más a la izquierda”. La obra de jardinería es parte del nuevo trabajo que el Ayuntamiento de la localidad ha asignado a los últimos tres integrantes de este circo, varado en el pueblo desde que se inició la pandemia. Sin la posibilidad de ofrecer su espectáculo al público, los artistas decidieron dedicar el tiempo a ayudar a los vecinos.

Ramón Sacristán deja un momento la escoba y se dirige hacia una nave industrial que su familia compró hace 20 años en el pueblo. En ese entonces, aún trabajaba para el mítico Holiday. Pero hace 18 meses fundó su propio espectáculo, parecido al del Circo del Sol. En el terreno confluyen los tráileres y las caravanas de los 32 artistas. Pero ya ninguno de ellos queda, poco a poco se han ido a otras localidades con trabajos temporales a la espera de que concluya el estado de alarma. Durante semanas, la cuarentena sirvió como si fuese la pretemporada de un equipo de fútbol. La nave de los Sacristán se convirtió en una especie de pabellón olímpico para trapecistas, funambulistas y acróbatas.

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La alcaldesa, Pilar Torres (PSOE), cuenta cómo fueron esos primeros días: “Aquello era la atracción turística. La gente iba a verlos en sus tráileres”, recuerda. La relación entre esta familia y Torrellas ha sido larga y cercana. Cinco generaciones de los Sacristán han cautivado al público del centro y norte de España, y el pueblo ha sido durante décadas una parada obligatoria para la familia. Es por ello que, como un escape del hastío que provocó el confinamiento a unas personas acostumbradas a una vida itinerante, pidieron al Ayuntamiento que les diese un trabajo como voluntarios. Empezó como un favor de un día al alguacil. Luego levantaron hojas, limpiaron las calles, ordenaron los almacenes municipales… Los resultados se notan: el callejero, las paredes, los jardines y pasillos están impecables. La alcaldesa lo reconoce así: “Le han dado un giro al pueblo”.

El agradecimiento es general. Ángela García, una mujer de 74 años que vive en los soportales de la Plaza Mayor, regresa de la tienda después de comprar un frasco de pepinillos. “El curro que han hecho es estupendo”, dice. Y el más agradecido de todos es Carlos Lavilla, el alguacil. Su móvil no deja de sonar. Su trabajo es multifacético: limpia, firma el papeleo del Consistorio, media con los albañiles para que vengan a hacer las obras, prepara las fiestas locales… “Solo me falta cambiar pañales”, dice con orgullo.

El resto del equipo del Stellar Circus está esparcido por toda España. El éxodo ha dejado solo a tres de ellos en este pueblo que descansa a las faldas de la sierra del Moncayo. Cuando el Stellar paró actividades, Alexander Licher, trapecista con experiencia en 28 países de Europa y Asia, decidió irse con tres compañeros y sus familias en sus caravanas a un terreno en Campillo de Arriba (Murcia). Todos dejaron las acrobacias y el maquillaje para recoger melones o conducir camiones de mercancías, como el también trapecista Javier Segura o el payaso Maike Torralvo, que por primera vez en su vida ha trabajado como temporero: “No es mucho pero nos apañamos. Ojalá podamos volver en julio. Estamos a la espera de que nos llamen”, cuenta.

En Torrellas el sol del mediodía cala como si fuese agosto. Ramón Sacristán, su hijo Billy y Moisés Malmierca se toman un descanso en el bar para comer el bocadillo con unas cañas bien frías. Ya han terminado casi todo el trabajo y solo les falta barrer las hojas acumuladas en el techo de la cafetería. Los tres esperan la vuelta a esa vida nómada que tanto añoran. Saben que ya nada será como antes. Pero al menos será la nueva vieja normalidad de escuchar los aplausos del público.

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