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“De escritor a escritor: ¿qué te parece Roberto Bolaño?”

Este era un joven escritor de nuestra lengua que, reunido como jurado de un premio literario con otros colegas y con Mario Vargas Llosa, acercándose desde el otro extremo de la mesa, le preguntó al oído al Nobel peruano: “Mario, de escritor a escritor, ¿qué te parece Roberto Bolaño?”. El autor de La ciudad y los perros sólo una vez negó una respuesta, y no fue esta, de modo que respondió. No estaba convencido, dijo, de estar tan al tanto de la obra del entonces crecientemente famoso autor chileno como para emitir una opinión honrada o saludable.

De toda esa anécdota lo que siempre me llamó más la atención fue el prólogo de la pregunta: “Mario, de escritor a escritor”. Es como si, siendo farmacéutico, entras a un establecimiento del ramo preguntando: “De farmacéutico a farmacéutico, ¿tienes paracetamol?”. Pues seas escritor o farmacéutico, la respuesta que buscas no tiene una naturaleza u otra. Si aquel colega no hubiera sido escritor, ¿Vargas Llosa hubiera dicho otra cosa de Bolaños? Con respecto al farmacéutico, cabría aplicar la sentencia de Gertrude Stein: un paracetamol es un paracetamol es un paracetamol es un paracetamol; es decir, un paracetamol es un paracetamol lo diga Agamenón o su porquero.

Ocurre entre los escritores, jóvenes y veteranos, pedantes o sencillos, una tendencia notable a sentir que el suyo es un gremio que otorga determinadas virtudes, entre otras la de saber más que otros acerca del oficio, e incluso más que los de su propio oficio. Por esa vía se llega a la arrogancia que da paso a la pedantería, y de ahí a preguntas como aquella. “Mario, de escritor a escritor…”. Pero, naturalmente, no siempre ocurre así. Hay escritores, como Mario Vargas Llosa, por cierto, que no caen en la tentación de sentirse seres superiores, por ejemplo, a los lectores. “Mario, de lector a escritor”. Concibo muchas maneras de preguntar, o de hacer prólogos de preguntas, y esa que escuché hacerle a Vargas Llosa me pareció siempre un paradigma, o un paracetamol, de cómo no debes empezar a preguntar si quieres saber lo que el otro opina del otro.

“De escritor a escritor: ¿qué te parece Roberto Bolaño?”

En fin. Hay un libro al que siempre vuelvo para saber cómo pregunta un escritor a otros autores sin dar por supuesta la respuesta. Ese libro es El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, de Philip Roth, traducido por Ramón Buenaventura para Seix Barral en mayo de 2003. Es, como se diría ahora para recomendar libros, una verdadera gozada, que debería reeditarse no sólo para escuelas de escritores sino también para escuelas de lectores, pues en él Roth, que a las alturas en que salió la primera edición (2001) ya era uno de los mejores escritores del mundo, se muestra como usted y como, preguntando para saber.

Siendo, pues, uno de los mejores escritores del mundo, se fue a ver con sus libretas, sus magnetófonos y sus propios conocimientos de lector a Primo Levi, a Aharon Appelfeld, a Ivan Klima, a Isaac Bashevis Singer, a Milan Kundera, a Edna O´Brien, a Mary McCarthy, a Bernard Malamud… Completa el libro con dos retratos, uno al artista Philip Guston y otro, a partir de sus libros, de su amigo y maestro Saul Bellow. El resultado fue saludado así por la New York Times Book Review: “Roth se las arregla para sacar de sus interlocutores las convicciones que alimentan sus obras y las vulnerabilidades que los hace humanos”. Es, añadía la famosa revista, “una muestra de su proyecto y su singular inteligencia”. Pero ni el proyecto, un ambicioso recorrido en torno a personalidades que le merecían respeto, ni su inteligencia son espadas que pone encima de la mesa para intimidar a los otros. Porque Roth hace las preguntas desde el lado del lector o, si se puede decir así, del periodista que se ha documentado para saber más de lo que ya sabía.

Las conversaciones, pues, están llevadas a cabo desde la ansiedad de completar y no desde la pedantería de compartir. Se juntan, por tanto, dos lados de una misma mesa, pero cada uno está en su propio lado de la mesa. Uno de los encuentros, que se convierte en un amargo retrato humano de un amigo al que admiraba, Bernard Malamud, termina siendo como un trozo de literatura del propio Roth. El retrato literario que, a través de sus personajes, hace de Bellow ingresa por propio derecho en la antología de las mejores lecturas (también humanas) del personaje que Bellow llevaba dentro antes y después de haberse confundido con Chicago. Es especialmente brillante su conversación con Isaac Bashevis Singer, al que va a ver para conocer más de un personaje especial de la literatura judía del siglo XX, Bruno Schulz. Al final, esa conversación se sostiene como una discusión entre dos judíos que dirimen cuestiones graves de su historia, en la que entran, de pleno derecho, Franz Kafka, y el derecho que tienen los propios judíos de introducir en su literatura cuestiones que perjudiquen la imagen que los ortodoxos quieren para los suyos. “A pesar de que escribía en yiddish, me preguntaban: ´¿Por qué tienes que escribir sobre ladrones judíos y prostitutas judías?`. Y yo les contestaba: ´¿Qué queréis, que escriba sobre ladrones españoles y prostitutas españolas? Hablo de los ladrones y las prostitutas que yo conozco”.

La entrevista con Kundera, obtenida con esfuerzo y llevada con calidad, contiene uno de los mejores momentos de la entrevista literaria universal. He aquí pregunta y respuesta:

Roth: ¿Cree que llegará pronto la destrucción del mundo?

Kundera: Depende de lo que entienda usted por pronto.

En la de Primo Levi, éste le recuerda a Roth que el entrevistador también es del oficio. Pero éste jamás alardea de ello, ni de la amistad que, uno a uno, le ha llevado a conseguir estos tesoros que, con meticulosidad profesional, y literaria, ha puesto en español el poeta, novelista y traductor Ramón Buenaventura. Si un día alguien quiere saber de veras cómo preguntarle a un escritor, sea en privado, para saber qué opina de otro, o sea en público, aquí tiene un manual que, además, nunca se te cae de las manos.

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