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De cuarentena tras una lona publicitaria

Una lona publicitaria tapa la fachada de un edificio en la Plaza del Cascorro, en La LatinaUna lona publicitaria tapa la fachada de un edificio en la Plaza del Cascorro, en La LatinaDavid Expósito

En el madrileño barrio de La Latina a la altura de la calle Maldonadas, una lona publicitaria supone una desigualdad extrema en un mismo edificio. Al lado del Rastro, los vecinos de un edificio se dividen entre los que disfrutan de la vida en los balcones y los que están confinados sin luz natural por culpa de un cartel de publicidad en la fachada. “Estoy a punto de coger un cúter y romper la lona para que entre la luz”, dice uno de los vecinos afectados.

“Un domingo de sol y Rastro es muy difícil de mejorar”, reza el anuncio de Amstel que se colocó hace cuatro meses y desespera a los vecinos de las letras E y F de las cinco plantas del edificio. Los vecinos, cuando aceptaron a cambio de un beneficio económico para la comunidad, no se imaginaron que iban a tener que permanecer durante semanas confinados. “Cuando no estábamos en casa ese dinero que recibió la comunidad estaba muy bien pagado, pero si estoy obligado a estar 24 horas en casa ni por todo el dinero del mundo hubiera aceptado”, dice Iker Vergara, de 48 años.

Los vecinos de las cinco plantas que dan a la lona de publicidad están desesperados. Cuentan que llamaron al Ayuntamiento antes de que empezara el estado de alarma previendo la situación, porque ya estaban viendo el ejemplo de Italia. “Me dijeron que pusiera una denuncia en la policía y recogiera firmas de los vecinos”, explica Vergara. Una portavoz del Área de Obras y Patrimonio del Ayuntamiento de Madrid (que autoriza y supervisa el acuerdo entre comunidad y empresa publicitaria) aseguran que no han registrado ninguna solicitud o denuncia de propietarios sobre esta situación. Como este, en total hay autorizadas lonas publicitarias en 12 inmuebles de la capital (residenciales y comerciales): siete en distrito Centro, dos en Salamanca, una en Chamartín, una en Tetuán y una en Moncloa.

Vergara aprovecha al máximo las salidas de su perro, pero reconoce que le afecta no tener luz natural. Estas semanas ha trabajado junto a una ventana que da justo al lateral de la lona y por medio de una pequeña rendija entra un poco de luz natural a ciertas horas del día. “El contrato con la empresa que instaló la lona de publicidad se acababa el 31 de marzo y ahora que todo se paró y las obras no se han acabado quién sabe cuánto tiempo más vamos a tener que aguantar”, dice Virginia, de 40 años, que vive en el último piso. Varios vecinos aseguran que el contrato terminaba el pasado 31, sin embargo, el Ayuntamiento garantiza que termina el próximo 13 de junio.

Virginia, que pidió no ser citada con su apellido, tiene un hijo pequeño de un año y le preocupa mucho que pueda afectarle el confinamiento a su desarrollo cognitivo. “Me da miedo que desarrolle un problema de miopía por no poder mirar a largas distancias”, dice esta vecina, que nunca había tenido ningún problema en los nueve años que lleva en el edificio.

La poca luz natural que logra colarse por la lona deja a su paso una bruma de luz rojiza que entra por las ventanas. “Pasar así el confinamiento le ha añadido más estrés a la situación”, dice Ander, de 38 años, desesperado. “Me dan ganas de romper la lona, pero las consecuencias legales pueden ser peores”, confiesa. Mientras tanto pasa sus días soñando con que vuelve a entrar la luz por su balcón y pueda ver lo que pasa en la calle. Lo que más echa de menos es poder mirar al exterior y ponerle cara a los ruidos que escucha. “Ni en los aplausos de las 20.00 podemos participar”, afirma.

Al otro lado del edificio el ambiente es totalmente distinto. Los vecinos que dan a la calle Maldonadas se han organizado con los balcones de enfrente para montar un vermut vecinal los domingos y un brunch los sábados. Todos los fines de semana se asoman al balcón y empiezan a bailar al ritmo de lo que pincha un dj del edificio. La escena parece sacada de un musical de Broadway. Han puesto un cartel sobre la baranda de uno de los balcones que dice: “Rastro, vermut vecinal 13.30”. A esa hora empiezan a salir los vecinos a darle vida al Madrid desierto que ha dejado el confinamiento. Hablan, bailan y cantan con gente que antes ni habían saludado. “Es maravilloso y me alegra el día levantarme y pensar que voy a poder compartir tiempo con mis vecinos”, explica Lucía Bretón, de 27 años, al acabar la sesión del vermut del domingo. “Siempre decimos que en este momento vivimos en la mejor calle de Madrid”, afirma Bretón.

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