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De catedral del ‘techno’ a galería de arte

El edificio del Studio Berlin con la pancarta con el mensaje “Mañana es la cuestión”.
El edificio del Studio Berlin con la pancarta con el mensaje “Mañana es la cuestión”.Andreas Gehrke / Noshe

El 11 de marzo, los propietarios del Berghain de Berlín, quizás el club de música techno más famoso de Alemania y que goza de una merecida fama más allá de las fronteras del país, tomaron una decisión que arruinó la vida de miles de fanáticos que hacían colas de horas ante el acceso a la sala para poder entrar a esta catedral profana. A causa del coronavirus cerraron las puertas del lugar, una medida que se propagó como la peste en la vida nocturna de la ciudad.

Pero Michael Teufele y Norbert Thormann, los dueños del club, preocupados por el futuro de su negocio, llamaron a Christian Boros, uno de los coleccionistas de arte moderno más importantes de Berlín, para proponerle una idea casi revolucionaria, destinada a mantener con vida al local: “¿Por qué no colaborar en una exposición con artistas locales en el club?”.

La pregunta dio vida a Studio Berlin. Una muestra que reúne obras de 117 artistas que viven en la ciudad y que fueron creadas en los momentos más duros de la pandemia, una idea patrocinada por Boros, un millonario conocido y admirado por el mundo del arte de la capital alemana. La aventura se inició el 9 de septiembre y desde que el Berghain abrió nuevamente sus puertas, Studio Berlin se ha convertido en la exposición más audaz y exitosa.

El visitante, que debe adquirir su entrada vía Internet, no necesita hacer cola para entrar en un lugar que albergó, hasta no hace muchos años, una central eléctrica. El mítico club recibe con una enorme pancarta que anuncia de manera simbólica lo que se puede ver en el interior: “Mañana es la cuestión”, señala el cartel diseñado por el artista tailandés nacido en Argentina, Rirkrit Tiravanija.

El enigmático anuncio está acompañado por una escultura del artista Dirk Bell, cuyas gruesas barras de acero muestran la palabra “amor” en letras entrelazadas. Gracias a los nuevos tiempos que imperan en la ciudad, sin los enérgicos y odiados porteros del club, los visitantes pueden acceder con el único requisito de una pegatina que los guardias pegan en la lente del móvil porque dentro está prohibido hacer fotos.

Ya en el interior, los visitantes son recibidos por una enorme boya oceánica suspendida del techo, creada por el artista alemán, Julius von Bismarck. Es el inicio de una aventura que ofrece arte en todas las zonas del club, incluidos los pasillos, las escaleras, los baños y en el espacio llamado Panorama Bar, donde una pareja de creadores, el kosovar Petrit Halilaj y el español Álvaro Urbano han instalado un gran lirio de papel rosado para recordar la noche en la que se conocieron en el club y se dieron el primer beso.

La artista Christine Sun Kim ha dibujado por el suelo de la pista de baile notas musicales. Para ella, el sonido es algo especial porque es sordomuda, pero ha querido mostrar que también puede experimentar el sonido del Berghain.

Esta vieja central eléctrica ofrece ahora un espacio ideal para mostrar obras de arte que fueron creadas durante el semiconfinamiento que imperó en Berlín a causa de la pandemia. La muestra cobra una dimensión mayor en la sala llamada Halle, un enorme espacio cuyas paredes miden más de 15 metros de altura, ubicada en la parte trasera del club, y que solo se abría para eventos especiales.

En el recorrido de esta particular galería de arte se pueden observar obras de algunos de los artistas más conocidos de Berlín, como el danés Olafur Eliasson, el canadiense AA Bronson y la alemana Katharina Grosse… También la obra de Raphaela Vogel, una estrella emergente del arte alemán, que ofrece una instalación de vídeo y escultura que incluye maquetas del Arco del Triunfo de París, la Estatua de la Libertad, el puente de la Torre de Londres y la Columna de la Victoria de Berlín.

El éxito de esta convocatoria ha llevado a que las visitas guiadas (por un precio de 20 euros) estén agotadas hasta el 15 de octubre. Las visitas particulares, para las que solo pueden comprarse entradas para los sábados y domingos, tienen una larga lista de espera que llega hasta el 4 de octubre. El dinero recaudado por los tiques, más de 8.000 euros diarios, según una portavoz de la fundación de Christian Boros, se destina al mantenimiento del club.

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