Las noticias

Danza temeraria

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la reunión por videoconferencia con Pablo Casado.El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la reunión por videoconferencia con Pablo Casado.Borja Puig de la Bellacasa / EL PAÍS

Comienza una semana decisiva tanto en las dimensiones sanitaria y económica de la crisis provocada por la pandemia de coronavirus como también, y sobre todo, en la política. Las primeras medidas aliviando el confinamiento han puesto de manifiesto una realidad que prevalece sobre todas las demás, y que no debería ser olvidada en tiempos tan difíciles como los que se avecinan. Los ciudadanos han cumplido con las responsabilidades que les reclamaron los poderes públicos, en un esfuerzo que ningún representante político está legitimado para dilapidar. Y ningún representante quiere decir ninguno, sea cual sea la posición en la que lo hayan colocado los ciudadanos.

El esfuerzo ha exigido en los casos menos graves sobrellevar la soledad y el aislamiento, y, en los más dramáticos, afrontar la pérdida de seres queridos a los que no se ha podido confortar en sus últimas horas ni honrar en la despedida. Desgarrados entre estas y otras emociones extremas, incontables ciudadanos se han visto confrontados, además, a la pérdida del empleo, el negocio o la empresa que constituían su modo de vida. Y una nueva generación vuelve a encontrarse ante un futuro que parece no reservar ningún lugar para su vocación ni para su formación, ni tampoco para la esperanza elemental de fundar una familia y mantenerla con su trabajo.

Esta realidad que ha ido tomando cuerpo en cada hogar donde se ha respetado cívicamente el confinamiento debería bastar para que Gobierno y oposición tomaran conciencia de cuánto ofenden sepultando lo urgente y esencial bajo querellas que son obscenas porque responden a reyertas de poder, y que además solventan con la sordidez de un lenguaje que nadie debería pronunciar ante un país en duelo y conmocionado. Basta de representaciones como las de un Gobierno que tiende la mano para un acuerdo tan grande y tan inconcreto sobre el futuro lejano que, al parecer, no deja espacio político para acuerdos más limitados y más precisos sobre el presente inmediato. Y basta también de una oposición que, como la del Partido Popular, reclama con soberbia el monopolio de la eficacia, no porque la demuestre allí donde tiene ocasión, como es el caso de la Comunidad de Madrid y su presidenta, Isabel Díaz Ayuso, sino porque lo que le sobra es, precisamente, soberbia.

Las estrategias del presidente Pedro Sánchez y del líder de la oposición, Pablo Casado, se han revelado como fatalmente complementarias. Uno reclama la totalidad de la responsabilidad en la gestión de la crisis pensando que los ciudadanos recompensarán sus esfuerzos en solitario, y el otro se la transfiere gustosamente entre fingidas jeremiadas de contrariedad, convencido de que el beneficio vendrá de no compartir responsabilidad alguna. En realidad, ambos saben que este ceremonial, diseñado por comunicadores convertidos en oráculos, solo se puede traducir en unos escaños arriba o abajo dentro de sus exiguas minorías actuales. Lo que parecen ignorar, sin embargo, es que conduce a la parálisis de las instituciones, poniéndolas en peligro. Ningún Ejecutivo se puede mantener sin una mayoría suficiente para desarrollar un programa a través de un Presupuesto, por más que no exista alternativa para derrocarlo. Ni el decreto ley puede ser el instrumento para remediar los graves problemas que se ciernen sobre el horizonte.

El Gobierno solicitará en los próximos días una nueva prórroga del estado de alarma, para la que, por ahora, no cuenta con los votos imprescindibles. En su comparecencia de ayer, el presidente Sánchez no se esforzó en hacer que el Congreso viniera a su posición, sino en demostrar que era la única posible. El camino es arriesgado, incluso irresponsablemente arriesgado. Pero no solo porque el Gobierno puede encontrarse con un revés que complique aún más la difícil situación política, sino porque, gracias a la estrategia de ofrecer pactos para en realidad no alcanzar ninguno, sacrificando el interés general, el ceremonial propagandístico se está convirtiendo en una danza temeraria.

Leave a Reply