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Cuarentena con Rafael Berrio, por Fernando Trueba

El martes murió Rafael Berrio. No sé si llamarle cantautor, no me gusta mucho la palabra. Era un poeta que cantaba sus poemas. Un bohemio, un original, un inclasificable. No sé si un cantante de culto, aunque decía no aspirar más que a tener 150 seguidores en cada ciudad de España. Cantaba a los amigos, y sobre todo a las amigas.

Era un hijo de Brassens y Ferré, de Brel y Aznavour. Pero también de Serrat y Cecilia. Con algo de Leonard Cohen de San Sebastián. Nostálgico del pasado, de una infancia feliz, su último disco se titula 1971. Prefería el pasado al presente.

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En sus canciones decía lo que pensaba: “Yo, que no he encontrado nunca la razón de levantarme de la cama”, o “Yo, que en cada bostezo siento puesta cada fibra de mi ser”. Y también: “Creo en la virtud de la desgana”.

En ‘Las mujeres de este mundo’ decía, sobre  el momento de su muerte: “Sólo lamentaré perder a las mujeres que amamos”.

Hace meses sabía que se le acababa el tiempo y lo dedicó a preparar la edición de sus poemas y canciones que va a publicar La Veleta (Comares).

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