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Construir una casa, un sofá, una escultura… y acabar con el plástico

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Mientras el mundo asiste a la subasta de la última pajita de plástico de McDonalds, que serán sustituidas por otras de papel, las bolsas y botellas de este material se enredan a cientos en las chumberas que crecen de manera improvisada en las calles de los pueblos de Gandiol, una región a una decena de kilómetros de la ciudad colonial de Saint Louis (Senegal). Ante la falta de recursos e iniciativas promovidos por el Gobierno y las autoridades locales, un grupo de resilientes del reciclaje han tirado de creatividad, ingenio y ganar para acabar con esta manta de residuos contaminante que se extiende por todo el paisaje.

“Al principio los habitantes de la zona dudaban de si íbamos a quemar el plástico y contaminar. Y lo que les explicamos es que lo que contamina es vivir con este residuo alrededor toda tu vida”. Quien hace esta reflexión es Lorenzo Favarato, que junto a Lika Seck y Djibril Diéye, está al frente de Defaratt –Defarat en wolof, con una sola t final, significa rehacer, transformar–, un proyecto de reciclaje y gestión de residuos plásticos que ha puesto en marcha la asociación Hahatay son risas de Gandiol.

Defaratt nace oficialmente en junio de 2019, pero surge de un largo proceso de investigación, colaboraciones entre distintos colectivos españoles y senegaleses, y la preocupación de darle salida a la enorme cantidad de residuos que se generan cada día. El colectivo Hahatay ya había experimentado con materiales reciclados y construyó una escuela infantil en 2017 con 7.000 botellas de plástico rellenas de arena.

A media mañana, en una de las salas del Centro Cultural Aminata en Gandiol, a finales de enero, Favarato, Seck y Diéye se afanan en pesar un sofá de rayas blancas, rojas y verdes, relleno de botellas recicladas. Pesa nueve kilos, entre el plástico PET de las botellas y el HDPE de los tapones. Si no fuera por el crujido que hace al sentarse, nadie podría adivinar qué hay en su interior. Es uno de los primeros intentos de transformación del plástico, que junto a un equipo de Nosolofilms, han ideado cómo darle una segunda vida a las botellas de agua y refresco que no se reciclan.

La idea de este diseño de sofá vino a través de una obra del méxicano Andrés Lima, un antiguo compañero de universidad de Julián García, un diseñador industrial que viajó a Senegal. Lo hizo como parte de un grupo de trabajo de Nosolofilms, un proyecto audiovisual de Carlos Caro y Gema Rebollo, que trabajó con Defaratt durante 10 días. “Mi interés era involucrarme con gente local, no para ellos y sin tener ningún contacto”, explica García, que también ayudó a diseñar y mejorar los moldes de ladrillos que Defaratt había empezado a construir para sacar rendimiento a la transformación del plástico. 

El proyecto ha comenzado a funcionar en cuatro pueblos de Gandiol: Gop, Tassinere, Ndiébène y Pilote Barre. En una intersección en la carretera, a su paso por Tassinere, hay un depósito para recolectar todo tipo de plástico. Fue el primero en colocarse, con la ayuda del equipo de Nosolofilms, aunque ya hay dos más en las playas cercanas a Gandiol.

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Pero, ¿en qué se puede transformar este plástico? De momento, y con las máquinas que el Centro de Formación Somorrostro ha mandado a Hahatay, sacadas de patrones de uso colectivo del foro mundial Precious Plastic, han podido experimentar en la producción de moldes a pequeña escala de un ladrillo, de azulejos y cuencos para la comida. “La empresa de construcción de la zona puede ser nuestro primer cliente. Nosotros hacemos los ladrillos y azulejos, ellos los prueban. De esa manera nos pueden decir si están rematados bien o no”, explica Favarato.

Las máquinas son cuatro: una trituradora para convertir los residuos plásticos en fragmentos pequeños; una extrusora, que los moldea; una inyectora, que los calienta e inyecta en el molde del objeto seleccionado y una compresora que presiona ese plástico caliente dentro de dicho molde, además de un horno en el que calentarlos.

Además del trabajo en nuevos moldes, están centrados en mejorar el proceso de lavado, triturado y depurado del plástico duro. “El problema del lavado se presenta en el contenedor que tenemos, que es pequeño. La otra parte complicada es conseguir quitarle el polvo porque hay que buscar un sistema mejor ya que con la mosquitera no sale muy fácil”, explica Lika Seck, de 23 años, encargada de la producción del proyecto. “La venta de las virutas a otras empresas que las transforman en otros productos nos dará viabilidad”, explica Favarato, que ha hecho una lista de empresas que compran el plástico triturado para tener un primer primer ingreso independiente, más allá de subvenciones públicas o donaciones privadas.

Cadena de favores ante la falta de gestión oficial 

A la falta de una gestión oficial adecuada de la enorme cantidad de basura que hay en la zona, se une la escasa sensibilidad sobre el impacto medioambiental y sanitario que supone vivir rodeado de residuos, quemar los plásticos y no reciclarlos adecuadamente. Senegal da tímidos pasos para mejorar la situación y uno de ellos es un proyecto, financiado por el Banco Mundial, llamado Le Projet de Gestion des Eaux pluviales et d’adaptation Au changement climatique (Progep, en sus siglas en francés) que también tiene su impacto en la región de Saint Louis. “Hemos detectado que no hay un sistema de recogida establecido, sino algo informal: la gente paga de manera privada para que las carretillas tiradas por un caballo recojan la basura. Pero los carretilleros acaban tirando la basura en vertederos salvajes y el problema persiste”. Quién habla, moviendo las manos de manera muy efusiva, es Idrissa Diéye, de 33 años, que trabaja en el desarrollo de proyectos del Ayuntamiento de Saint Louis y en colaboración con la agencia regional de desarrollo.

Uno de estos carretilleros que trabajan de manera informal es Samba Cisse, de 35 años, apodado el gambiano. Vive, entre otras tareas, de recoger con su carretilla la basura de 36 familias en Tassinere. “Se mezcla todo, no separan nada, lo mismo encuentras el plástico con pañales o con la comida”, explica Cisse, sentado junto a la carretera del pueblo, vestido con sudadera de la segunda equipación del Barca, gorro y gafas de sol. Él es testigo directo de la mala gestión de los residuos que salen de las viviendas.

Diéye cuenta que Progep empezó a funcionar en junio de 2019 en cinco pueblos pilotos de los 30 que hay en la zona de Gandiol: Gop, Tassinere, Ndiébène, Mouit, Keur Barka. El estudio y la implantación de este proyecto de mejora de recogida de basura afecta a 6.000 habitantes, en una zona de entre 22.000 y 25.000 habitantes. Una de las primeras medidas es identificar, con los jefes de cada comunidad, los pasos intermedios que da la basura doméstica, desde que sale de las casas, es llevada a puntos intermedios de recolección y los camiones del ayuntamiento (tres para 250.000 personas, la transportan a Gandion, el gran vertedero de la zona. “Hicimos una cartografía para saber dónde estaban los vertederos ilegales en los que la gente depositaba los residuos de manera salvaje”, explica Diéye.

Lo que hay que reforzar, según él, es la capacidad doméstica de poder separar los residuos. “Hay que hacerle ver a la población que este sistema no es gratis y que supondría pagar 1.000 francos por persona (1,5 euros)”, asegura. Y explica que quieren repartir entre 2.000 y 3.000 cubos de basura entre las casas de los pueblos piloto.

La otra acción importante es la sensibilización, que ya han comenzado, con representantes del Ayuntamiento, de mujeres y líderes políticos y sociales de la zona para que sepan que los peces y otros animales comen plástico y eso puede afectar seriamente a su salud. “El problema que hemos visto en los pueblos más cercanos al río es que son los más afectados por el plástico que ellos mismos lanzan”, asegura Diéye.

Aida Sy, saladora y ahumadora de pescado de 39 años, limpia las playas de Gandiol desde 1996. Primero empezó a recoger basura con los miembros de su familia, pero poco después empezó a extenderlo entre las mujeres de su gremio. “El problema no es que la gente tire plástico, que también, sino que no hay recogida de basura municipal, ni hay contenedores dónde arrojar los residuos. La solución no pasa por poner contenedores en la playa, porque lo que se necesita es una recogida eficaz, que la gente pueda tenerlos en su casa para no depositar basura en la arena, y un sistema de carretas de recogida”.

En total son 196 personas, en distintos turnos, las que llevan a cabo esta limpieza de las playas. La organización llamada Set Setal ha colaborado también con Progep y fue gracias a la sensibilización de Hahatay por la que estas mujeres dejaron de quemar plástico para ahumar el pescado, uno de los métodos para deshacerse de él. “Si alguna de las mujeres lo incumple, las demás le hacen pagar una multa por ello”, explica Sy.

Desde la universidad también han surgido iniciativas para cambiar el sistema de recogida de residuos. En 2019 comenzó a funcionar Jappal Ma Japp, una asociación de un centenar de estudiantes que tienen como objetivo principal la organización y gestión de los residuos. “Queremos trabajar en temas de desarrollo sin tener que esperar que el Estado intervenga”, explica Ababacar Diop, de 25 años, coordinador del grupo y estudiante de Economía y Gestión en la Universidad Gaston Berger (UGB) de Saint Louis.

La asociación ha comenzado su iniciativa en Ndiébène, con la instalación de cubos de basura a lo largo de la carretera, atados a los poste de la luz. Están fabricados con antiguos bidones de aceite vegetal, garrafas amarillas que llevan pintadas las siglas de la asociación (JMJ). “Si funciona, extenderemos la iniciativa a otros pueblos”, explica.

Sin embargo, Diop cuenta frustrado cómo muchas veces que se acercan a recoger basura a los contenedores, se encuentran con que no hay nada. Aún no han pensado qué podrían hacer con el plástico que recolecten. El grupo de jóvenes ha organizado recientemente un día de recogida de basura en playa, junto al pueblo de Pilote Barre. Su solución, como la de muchos ciudadanos de esta zona, acaba siendo hacer un agujero allí donde la recogen y enterrarla. “Hay que continuar con la sensibilización, porque la basura tirada por todos lados es un foco de enfermedades”. 

La importancia de la sensibilización

“¿Pero esto es de plástico?”. Es la continua pregunta que les hacen a los responsables del proyecto Defaratt cada vez que dan charla de sensibilización en colegios o reuniones de la comunidad en Gandiol y les enseñan las piezas conseguidas con los moldes de un ladrillo, un azulejo o un bol. 

“Nos hemos dado cuenta que es complicado cambiar las ideas de los más mayores, e inculcar el hábito de reciclar. Es hora de implicar en el tema a los más pequeños”, explica Djibril Diéye, de 25 años, que participó en las distintas encuestas y jornadas de sensibilización que el equipo de Carlos Caro y Gema Rebollo, de Nosolofilms.org, realizó junto al bidón de residuos de plástico que instalaron con Defaratt. Silvia García, junto con otros miembros del equipo, participó en la creación de los carteles informativos. “Pasamos de los dibujos sencillos a mano alzada, a aquellos que incluían una versión detallada y con colores, para que se comprendieran mejor. Queríamos que los entendiesen desde un niño de 10 años a una persona de 65”, explica la diseñadora.

Estos carteles, además, estaban pensados para que los líderes de las distintas comunidades los conocieran. “Hemos pensado en personas que puedan tener un efecto multiplicador a los que podemos ir a hablar y ellos sean los que transmitan la información”, explica Favarato.

En ese efecto multiplicador pensaron Samba Sarr e Isabelle Visart cuando fundaron For sopi, que significa recoger y transformar en wolof. Es el nombre del proyecto con el que los dos se han embarcado en la lucha contra el plástico ligero y con el que ha creado el gobie, pez en wolof, una escultura de hierro y redes de pescador para introducir plástico. “Es una idea para sensibilizar a la gente, al mismo tiempo que recupero material”, explica el artista ambiental, frente a una de las estructuras metálicas colocadas al sur de la ciudad de Saint Louis, frente al mar.

Samba Sarr creció en Pikine, un barrio popular de Saint Louis en el que viven el 25% de la población de la ciudad y que sufre un gran problema de salubridad. “Recuerdo desde niño ver a los carretilleros venir a nuestro barrio a dejar la basura en cualquier lado”, recuerda. Sarr ha fabricado una docena de estos peces, nueve de ellos repartidos por la ciudad colonial francesa. Cada uno de ellos está financiado por “amigos”, como prefiere llamarlos él, mecenas privados que han pagado para su construcción. Sus nombres aparecen en una placa en cada uno de los peces en las que dice, en francés, bajo sus nombres: “Amo el plástico, nútreme”.

Sarr ha empezado a hacer peces más pequeños para venderlos y conseguir financiación para seguir con el proyecto de sensibilización. Uno de estos cabe en una maleta o en una mochila de viaje, pero tiene capacidad para multitud de latas de refresco y distintos envases.

“El pez sirve para reciclar el plástico ligero, y también para que la gente empiece a cuestionarse cosas porque favorece la separación de basuras”. Con los envases que recolecta construye animales para un parque temático, que junto a la francesa Isabelle Visart, quiere construir en un futuro no muy lejano, donde se exhiban los animales construidos con el plástico recolectado, “desde jirafas a elefantes”, dice Sarr.

En el centro también se creará un centro de formación ecológica y artístico para los más jóvenes. “La sensibilización sobre el reciclaje de plástico ha llegado con retraso en Senegal, no se ha explicado a los jóvenes la importancia de hacerlo y por eso aún es una tarea pendiente”, asegura. “En Saint Louis es donde más he escuchado, de todo el país, hablar sobre el plástico y la importancia de acabar con él. La gente quiere cambiar las cosas”, asegura optimista Isabelle Visart. Quizás, en un tiempo no muy lejano, también en Senegal se subaste la última pajita de plástico que contamina sus playas.

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