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Con pan y sin circo

Luis Grañena

Cada mañana laboral abro la ventana del baño para ventilar, voy a la cocina canturreando y sé que, al poco, abriendo también la puerta de la galería, se establecerá una amable corriente, un regalo en estéreo destinado al olfato.

Es el olor a pan. Decidme de alguien que no recuerde el olor a pan de su infancia, cuando no era artificioso sino necesario. Tengo la suerte de vivir al lado de una de las mejores panaderías de Madrid. No os doy el nombre, pero ellos saben, ellas también, que estoy hablando de su lugar, en donde una pierde el pánico viendo moverse a los trabajadores. Me gusta hacer cola (vienen hasta de otros barrios, porque el suyo es un pan honesto y sabroso, sin chuminadas a la moda), pero ahora no puedo salir, y he encargado por teléfono mi hogaza de corteza crujiente, con semillas.

El pan es como la verdad. En jornadas difíciles, la flatulencia de la demagogia o de los quejicas es tan innecesaria como el circo. Sé —todos sabemos, lo estamos viviendo— de hijas que callan muertes cercanas para que su madre delicada no sufra. De hijos que, por primera vez, celebran que su madre sufra de alzhéimer, porque así no se dan cuenta de que no van a ir a verlas. Sabemos todos, o intuimos, tanta y tanta verdad de poner nudo en la garganta… Masa madre. “No estamos haciendo hojaldre. Estos días, solo pan”, he oído decir a la dependienta, mientras esperaba a que me atendiera al teléfono.

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