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Cómo la pandemia, la televisión y Spotify mataron a los grupos de música

Cualquiera que haya crecido con los grandes grupos de rock y pop del pasado se revolverá incómodo en la silla ante tan funesta evidencia: no hay actualmente grupos como Queen, The Jam, The Police, Nirvana u Oasis. Escasean formaciones nuevas —surgidas, pongamos, en los últimos cinco años— que igualen a las de antaño en proezas comerciales. Son tiempos, en cambio, de Sheerans, Lipas, Swifts, Weeknds, Bunnies, Eilishs. De Rosalías, Tanganas, Alboranes, Aitanas, Amaias… Los solistas, parece, se han adueñado de las listas.

El pasado marzo, a raíz de unas declaraciones de Adam Levine, cantante de Maroon 5 (“Da la sensación de que ya no hay bandas; somos una especie en extinción”, se lamentaba), el periódico británico The Guardian dedicaba un artículo a la cuestión, bajo el expresivo título de: “Por qué los grupos están desapareciendo”. El pesimismo de Levine podría avalarse con datos. Los 30 artistas más escuchados en Spotify en 2020 eran todos solistas menos uno, el combo surcoreano BTS (un septeto cuyos miembros no tocan instrumentos). Había que someter el ránking a minuciosa inspección para localizar en el puesto 33 a Maroon 5 y en el 34 a Queen. Desde marzo de 2019, cuando Jonas Brothers fue número uno con Sucker, hasta hoy —más de dos años—, solo otro grupo ha liderado la lista de singles de Billboard (Estados Unidos): los mencionados BTS.

Similar panorama encontramos en España. Los diez discos más vendidos el año pasado en nuestro país fueron todos facturados por solistas (cabe exceptuar la obra colectiva Tributo a Sabina, que aparecía en novena posición). Entre los cuarenta más exitosos solo había tres álbumes de grupos: los últimos de AC/DC (puesto 19), BTS (33) y Estopa (39).

¡Yo, yo, yo!

Al contrario de lo que sucedía décadas atrás, el pop y el rock no son hoy los estilos más en boga. El rap, el trap, el R&B y el reguetón… —géneros abanderados por solistas— les han comido terreno. Ya todo el rock nuevo es alternativo; ha dejado de ser mainstream. “A medida que mueren el pop y el rock, en lo que a ventas millonarias se refiere, mueren las bandas, que son las que hacen pop y rock”, explica Javier Portugués, veterano A&R (responsable de Artistas y Repertorio) que trabaja con Sony Music. Ha colaborado con solistas como Joaquín Sabina, Marwan, Dani Martín, Rozalén o Malú y grupos como Estopa o Maldita Nerea. “Tiene que ver con la idiosincrasia de los géneros”, añade. “En el rap, antes de empezar con el primer verso, ya has dicho 10 veces tu nombre y el del productor. Es una reivindicación del yo”.

Asistentes al festival Primavera Sound.
Asistentes al festival Primavera Sound.ALEJANDRO GARCÍA / EFE

Podrían considerarse los festivales como último reducto de grupos de pop y rock, pero a pesar del carácter nostálgico de muchos de estos eventos, incluso a los más relevantes no les queda más remedio que seguir la corriente dominante. En la última edición de Primavera Sound (Barcelona), siete de los nueve cabezas de cartel fueron solistas: Erykah Badu, los raperos Future y Cardi B, Solange, Janelle Monáe, J Balvin y Rosalía (los grupos eran Interpol, formados en 1997, y Tame Impala, en realidad proyecto del cantante y multiinstrumentista australiano Kevin Parker).

Ese cambio de régimen ha sido bendecido por la industria: lidiar con solistas resulta más práctico. “Para una discográfica, de cara a una promoción, mover a un tío o una tía en vez de a una banda entera es más ágil y sale más barato”, señala Pablo Cebrián, productor de David Bisbal y Amaia Romero, entre otros. También es más efectivo. “En términos de márquetin, es más fácil vender a una sola persona, un icono”, afirma Alizzz, productor de C. Tangana.

La dinámica interna de los grupos es a veces bastante compleja, lo que contrasta con la flexibilidad de los solistas. “Cada persona dentro de un grupo tiene sus movidas, y para la industria los solistas son mucho más cómodos”, continúa Cebrián. “De un disco a otro, un solista puede cambiar de productor. En una banda esos virajes son mucho más difíciles: cuando unos quieren ir por un camino y otros por otro, hay tensiones”.

Discos hechos en el dormitorio

Los avances tecnológicos facilitan que cualquier adolescente que sienta el impulso de componer canciones no solo pueda obtener una grabación muy correcta con herramientas digitales, sino subirla a las plataformas sin intermediarios. “Ahora la música se hace en un dormitorio”, expone Pablo Cebrián. “Por lo que he ido viendo a mi alrededor, influyen mucho las nuevas tecnologías”, coincide Alizzz. “Muchos artistas se producen su propia música, por ejemplo yo mismo. A lo que estoy acostumbrado es a trabajar en el estudio con un cantante, solos él o ella y yo. Para las discográficas, además, grabar a un grupo resulta más caro”.

La cantante Billie Eilish, posando antes del inicio de la ceremonia de los Oscar 2020.
La cantante Billie Eilish, posando antes del inicio de la ceremonia de los Oscar 2020.Amy Sussman

Miguel Blanes, 22 años, cantante y guitarrista de Mentira, banda emergente que desde 2020 ha publicado varios singles y un EP con Subterfuge Records, reconoce esa supremacía: “Es una tendencia superobvia. En la década de 2010 salían muchos más grupos que ahora. En parte creo que se debe a que la manera de componer está cambiando. Con todos los recursos de que disponemos, una persona sola puede hacer una canción supercompleta. No tiene que quedar con más instrumentistas para formar un proyecto”.

Los componentes de Trashi (de entre 21 y 23 años) acometen una original mezcla de indie pop y música urbana con autotune, y han publicado varios singles en el sello independiente Helsinkipro. Crecieron admirando a grupos como The 1975 y The Vamps en YouTube, “bandas formadas por amigos que se juntaban para hacer música”, dicen casi al unísono. Atribuyen la presente hegemonía de los solistas a que “ahora cualquier persona puede hacer música en su casa. Trabajar solo siempre es más sencillo que hacerlo en grupo: puedes hacer lo que a ti te gusta. La gente tira más hacia proyectos en solitario por eso”, declaran.

La inmediatez que proporcionan las modernas tecnologías casan bien con los nuevos hábitos de consumo. “Hoy en día te pones una serie, en el segundo capítulo flojea un poco y ya no la pones más. Con la música pasa igual”, compara Pablo Cebrián. Como ejemplo de celeridad cita el caso de Billie Eilish, quien llegó al número uno en Estados Unidos en abril de 2019 con su primer álbum, When we all fall asleep, where do we go?. “Una chica que, con su hermano, en la habitación de su casa, hace temas y los sube a Internet… Se acorta un camino que hace 30 años era un via crucis: tenías que ensayar el tema con tu grupo, conseguir a alquien que te pagara un estudio, masterizar tu disco, editarlo… Ahora eso está en la mano de la gente. Todos los años se ven casos de chavales que suben su tema y consiguen una cantidad de reproducciones brutales”. Como dice Javier Portugués, “el 90 % del mercado acaba centrándose en lo que está rompiendo a nivel de streaming [reproducciones en plataformas tipo Spotify], y son todo solistas”.

Solistas que colaboran con solistas

Las individualidades encuentran especial acomodo en una práctica ubicua últimamente: las colaboraciones. En ellas no suelen concurrir grupos. “Desde que entramos en la era de consumo digital, nueve de 10 diez lanzamientos, para tener un volumen de streaming importante, son colaboraciones. Solistas colaborando entre ellos. Es el nuevo prototipo de artista”, comenta Javier Portugués. En la lista Top 100 Canciones de Promusicae del 25 de marzo al 1 de abril, solo cuatro singles de los 20 más vendidos no eran colaboraciones, sino temas en solitario.

La cantante Natalia Lacunza.
La cantante Natalia Lacunza.INSTAGRAM

No conviene olvidar el papel que ejercen en este paisaje descompensado los programas de talentos televisivos, lanzadera de artistas noveles desde algún hace tiempo. “Los programas de talentos se focalizan en el artista individual. Lo que más llama la atención del público, que igual no se para a analizar otras cosas, es el cantante”, dice Natalia Lacunza, 22 años, quien quedó en tercera posición en OT 2018. Tras firmar un contrato con Universal Music, fue número uno de ventas con su disco EP2 y nominada como Artista Revelación Pop a los Premios Odeón 2020. Lacunza eligió montárselo por libre simplemente porque, tras mudarse a Madrid (es navarra) no conocía a nadie con quien iniciar una aventura conjunta. Es ahora cuando ha reclutado una banda que desea participe en la composición y los arreglos. “Lo más remarcable ahora son nombres de artistas en solitario —opina—, pero la importancia de las bandas sigue estando ahí, aunque sea de manera implícita en los proyectos de los solistas. Aunque hayan pasado a un segundo plano, aportan muchísimo al momento del directo”.

Los directos, sin embargo, se han visto reducidos a la mínima expresión a causa de la pandemia. Pese a lo transitorio de la situación, puede que muchos aficionados se hayan acostumbrado a escuchar música en el ordenador en vez de en una sala de conciertos, lo que tampoco ayuda a rescatar a los grupos. “Al igual que se ha normalizado el teletrabajo, en la música se ha normalizado la falta de directos”, se queja el productor Pablo Cebrián.

Para completar el cuadro, las redes sociales, donde los artistas combinan la promoción de su música con escenas de su intimidad, potencian la autonomía. Como apunta Javier Portugués, “la última red social en la que había un sentimiento de grupo fue MySpace. Era un sitio donde los grupos de música colgaban sus canciones. Ahí no había exposición pública que alimentara la vanidad. Era una red al servicio del grupo. Instagram, y ahora TikTok, reconducen todo al aspecto personal. En los grupos, la diferencia de seguidores entre la cuenta del líder de un grupo y la de la banda es descomunal. Siempre ha sido un poco así: todos comprendíamos que The Police era Sting, pero sabíamos quién era el batería y quién el guitarrista. Hoy, las redes sociales habrían eliminado a los dos componentes que no eran Sting”.

¿Un futuro solo de solistas?

Con este panorama, ¿se sienten los grupos, como refería Levine, una especie en extinción? “Podría decirse que sí”, responde Miguel Blanes, de Mentira. “No creo que empiecen a desaparecer, pero sí que pierdan la popularidad que antes tenían. Hay una tendencia de cambio de formato. Yo mismo estoy consumiendo más música de solistas”. El productor Pablo Crespo, que comenzó como guitarrista del grupo Fábula (con los que publicó dos álbumes en Warner Music y fue telonero de REM), ¿habría formado una banda si estuviera dando ahora sus primeros pasos en la música? “Como no soy cantante, estoy seguro de que habría empezado como productor mucho antes y no habría pasado por un grupo. Seguramente Iván, que era nuestro cantante, habría ido de solista y yo sería su productor. Ya no hay referentes”, afirma.

Cabe preguntarse si esa ausencia de modelos de bandas éxito puede inculcar en los más jóvenes con ambiciones musicales la noción de que lo “normal” es adoptar la configuración de solista. “En nuestra infancia, los ídolos eran los Beatles, los Stones, Supertramp, Pink Floyd… Las grandes bandas de rock y pop de toda la vida”, arguye Javier Portugués. “Y dabas por hecho de que si querías dedicarte a la música tenías que comprarte una batería, un ampli de guitarra, buscar un local de ensayo… Era la manera que tenías de formar parte de ese universo mágico que te había deslumbrado desde que eras pequeño. Ahora ese universo es un talent show de solistas. No sienten la necesidad de juntarse para plantear una propuesta. Ese es el nuevo paradigma, y con eso debemos convivir”.

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