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Cielos abiertos para las emergencias

El controlador aéreo Daniel Zamit.El controlador aéreo Daniel Zamit.

“Seguramente, tendremos más positivos de los que tenemos noticia, pero hemos mantenido el servicio y lo vamos a seguir manteniendo”, cuenta al teléfono Daniel Zamit, controlador aéreo, de 53 años. Horas después de esa llamada, su frase se vuelve profética: le confirman que un compañero de su turno tiene coronavirus y él deberá quedarse en casa en cuarentena. La máxima de estos días para los vigilantes de los cielos españoles es que un contagio masivo no comprometa su labor. “Es para que el servicio no se interrumpa como ha pasado en EE UU, donde Nueva York tuvo que cerrar una torre durante horas”, cuenta Zamit, quien trabaja en el centro de control de Torrejón de Ardoz, en Madrid.

Para garantizar esa continuidad, los 2.000 controladores aéreos que tiene España han visto variar sus rutinas conforme la epidemia ha ido cobrando fuerza. Forman equipos más reducidos y siempre coinciden con los mismos compañeros para facilitar el aislamiento si es necesario, como le ha sucedido a Zamit. “Trabajamos en espacios reducidos, parece inevitable que si hay gente infectada lo contagie al resto y si se infecta la totalidad de una dependencia o la mayoría, significará perder ese sitio”, indica Susana Romero, controladora en Santiago de Compostela y portavoz de USCA, el sindicato mayoritario del gremio. Ese problema podría ser especialmente grave en las islas, donde resultaría más difícil dar servicio ya que los controladores no pueden moverse de unos centros a otros porque la habilitación para trabajar en una torre concreta lleva meses.

Romero describe una buena colaboración de su organización y de todos los trabajadores con la empresa, la pública Enaire, que ha debido cambiar y reorganizar turnos conforme la emergencia sanitaria avanzaba. “Se elaboraron protocolos con distintos escenarios y desgraciadamente estamos ya en el 3”, lamenta. Además del cierre de cafeterías y comedores, salas de descanso y otras áreas comunes en los centros de trabajo, se ha extremado la higiene. Los controladores tienen que compartir puestos de manera rotatoria, pero cada uno lleva sus propios cascos y teléfonos para contactar con los aviones, y en cada relevo de función (aproximadamente cada 50 minutos) desinfectan con alcohol la mesa y los equipos informáticos con los que trabajan. Además, los servicios de limpieza pasan con mayor frecuencia.

En los centros más grandes, donde además del control aéreo se hacen otras labores, se ha implementado el teletrabajo para todos aquellos que pueden. “Es como ir un festivo raro”, dice Zamit, quien señala que en Torrejón, donde habitualmente trabajan cientos de personas, estos días se supera por poco la decena. Todas las puertas internas del edificio están abiertas —“para no tocar los pomos”, aclara— y apartarse a leer un libro o pasear por los pasillos vacíos son las formas más comunes de aprovechar los descansos. Pero esas nuevas rutinas no hacen mella en la mentalidad de los controladores: “Somos un colectivo bastante entrenado para aguantar el estrés, aunque estamos más preparados para situaciones de mucho tráfico que de poco”.

Aena precisa que la epidemia ha reducido en un 97% el tráfico de pasajeros en los aeropuertos españoles con respecto al año pasado. Pero por los cielos no solo llegan turistas. “Somos un servicio esencial porque todavía hay gente fuera que tiene que volver, extranjeros que tienen que irse a sus países, ambulancias, helicópteros medicalizados, transportes de mercancías…”, reflexiona Romero. “No estamos en la trinchera, pero somos la intendencia, que es importante para que sigan entrando vuelos de carga”, completa Zamit.

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