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Ceuta, en la encrucijada migratoria

Hubo un tiempo no muy lejano en que la línea que separa Ceuta de Marruecos no estaba fortificada. Donde hoy brilla un gigante de metal de ocho kilómetros dotado de la última tecnología apenas había unos metros de alambre mugriento a ras de suelo. Los ciudadanos de uno y otro lado –en algunos casos familia- eran verdaderos vecinos, convivían más y transitaban de forma cotidiana por un territorio con delimitaciones difusas más allá de los mapas. ¿Quién pensaba en el pequeño estraperlo que suponía volver al lado marroquí con un transistor o una licuadora? ¿O regresar al lado español con fruta, verdura o pescado fresco y barato? Nada extraordinario en una frontera que marca uno de los mayores escalones en nivel de vida del mundo.

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