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Ceuta, el asedio más largo de la historia

Si estás al principio de África y al final de Europa, y además eres la puerta de acceso obligado desde el Mediterráneo al Atlántico, pues te conviertes en objeto de deseo geoestratégico de quienes te rodean. Por eso, esos siete montículos que forman Ceuta (eso significa Ceuta, septem fratres, siete colinas) han sido ocupados a lo largo de los siglos, entre otros (comenzamos relación), por fenicios, griegos, cartagineses, romanos, mauritanos, vándalos, visigodos, bizantinos, benimerines, aragoneses, castellanos, nazaríes, portugueses o españoles. Más o menos los mismos pueblos que llegaron a la Península, pero en este caso todos apretujados en los solo 18,5 kilómetros cuadrados de la ciudad, lo que debe de imprimir carácter.

En 1580, la plaza africana pasó definitivamente a manos españolas al integrarse Portugal en la Corona de Felipe II. Pero en 1640, los lusos decidieron que preferían gobernarse ellos mismos, y no que las órdenes les llegasen desde de Madrid; así que, tras una guerra, se volvieron a independizar. En aquellos años el valido del rey, el conde duque de Olivares –que en realidad no se llamaba así, sino Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar- tuvo una idea genial: crear una especie de OTAN con los reinos y territorios que formaban el imperio. La ocurrencia –a la que puso el nombre de Unión de Armas- no estaba mal, pero tenía un grave problema: ni tenía fondos, ni soldados, según contó Gregorio Marañón en su afamada obra El conde duque de Olivares.

Así que el conde duque se dedicó a reclutar y esquilmar uno por uno los territorios de su majestad Felipe IV, exceptuando Castilla, que ya no daba más de sí para mantener tanto tercio por el mundo. Y, claro, todos se rebelaron, momento que los portugueses aprovecharon para decir “tchau”, lo que, en teoría, también afectaba a su posesión ceutí, pues llevaban allí desde 1413, de tiempos de Juan I, al que llamaban El de la buena memoria, según relata Humberto Baquero Moreno en un artículo de la Real Academia de la Historia, aunque no lo explica por qué. Será porque tampoco hay que imaginar mucho.

Pero los ceutíes podían elegir entre uno u otro reino al independizarse el reino vecino, y lo hicieron: continuarían siendo parte de España, pero manteniendo las armas lusas en su bandera y su escudo. (Los portugueses, aunque ellos no lo crean, siempre nos han caído bien. Son como los primos a los que ves solo en verano).

Casi medio siglo después, en concreto el 23 de octubre de 1694, el sultán de Marruecos Mulay Ismaíl –que tampoco se llamaba así, sino Abdul Násir Mulay Ismaíl as-Samin ben Sharif- decide que aquella ciudad debe pasar a sus manos. España no sabe defender su menguante imperio liderada por un rey, Carlos II, al que apodaban el Hechizado. (En este asedio todos se hacían llamar por otro nombre o les colocaban un mote). Pero los ceutíes le dicen no a Ismaíl y se preparan para la defensa. Así que el sultán puso cerco a la ciudad durante 33 años para ver si cambiaban de opinión. ¿33 años? Sí, 33.

Los peninsulares les mandaban refuerzos a los de la plaza de vez en cuando, cuenta el restohistorico.com, pero no había manera de romper el asedio. Al estallar la Guerra de Sucesión de 1701, aparecieron los que faltaban: los ingleses con sus barcos para ayudar al sultán y cañonear Ceuta. Se produjeron violentos y sangrientos enfrentamientos entre asediadores y asediados que, incluso, llegaron a perder la mismísima Plaza de Armas de ciudad, si bien terminaron recuperándola. Los descendientes de los portugueses que vivían en Ceuta aprovecharon para ir a ver a sus parientes de Lisboa o del Algarve y no volver, ya que allí habría menos ruido y cañonazos que en la deseada ciudad. Mientras, muchos peninsulares –sobre todo soldados que iban llegando desde Andalucía- ocuparon su lugar. Poco a poco, el portugués dejaría de ser la lengua mayoritaria en las siete colinas.

El asedio tuvo dos partes, como las películas de cuatro horas de los cines. Se le considera el más largo de la historia, aunque sobre esto hay polémica porque hubo un descanso para comprar palomitas. La primera fase duró 16 años, hasta que en 1720 el marqués de Lede (que era un militar flamenco que trabajaba para Felipe V), con 16.000 soldados, lo rompe y manda al sultán con sus tropas a visitar Tetuán. Pero pocos meses después, se desató la peste en Ceuta y el noble se retiró en febrero de 1721. Estaba claro que este hombre no era ceutí. Así que el sultán volvió a la carga, y otra vez en las mismas: regreso al asedio. En algunos de los enfrentamientos, Abdul Násir Mulay Ismaíl as-Samin ben Sharif registró más de 4.000 bajas en un solo día. Los ceutíes se defendían detrás de sus murallas y hasta protagonizaban sorprendentes y desconcertantes ataques.

Y así pasaron los años hasta que Ismaíl (después de tantos años ya era como de la familia) fallece y sus hijos deciden que ya está bien de asedios que no van a ninguna parte. El 22 de abril de 1727, una patrulla española descubre que las tropas norteafricanas se habían marchado sin decir adiós (wadaeaan, en árabe) tras casi dos generaciones de marroquíes y españoles disparándose sin cesar. Habían pasado 33 años y el deje en el habla de los ceutíes ya había cambiado: ya no decían con acento lisboeta “bon Dia” al encontrarse a algún vecino por la mañana, sino “buenos días” con un nuevo y atractivo seseo andaluz

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