Las noticias

Cayetana de Alba, el amor a la contra

A la memoria de Cayetana de Alba (Madrid, 1926 – Sevilla, 2014) hay que entrar a través de la luz machadiana que inunda el patio del Palacio de las Dueñas, en Sevilla, uno de sus amores menos controvertidos y manifiestamente confesados. “Para mí, lo primero en este mundo, después de mi familia, es Sevilla”, reconocía la mujer con más títulos de la aristocracia española el día de la presentación de su biografía, Yo, Cayetana (Espasa), escrita en 2011 por el periodista Antonio Burgos. “La duquesa castiza, valleinclanesca, artista, única e intransferible, dueña de sus silencios y de su libertad “, como la define su biógrafo, fue una mujer de pasiones siempre desgarradas, peleadas y defendidas contra viento y marea. Cuentan las crónicas de la época que el día de su puesta de largo, en 1944, salió toda Sevilla a la calle para celebrar el acontecimiento; una estampa que se ha repetido, sistemáticamente, en los hitos más importantes de su vida: en dos de sus tres bodas –menos la celebrada con Jesús Aguirre en el madrileño Palacio de Liria– y en el aciago trance de su muerte en 2014, cuando el interminable desfile de ciudadanos ante la capilla ardiente instalada en el Ayuntamiento de Sevilla, confirmaba ese amor blanco, incondicional y obsesivo que la duquesa mostró por una ciudad a cuyo estilo de vida se aferró como símbolo de la libertad, autonomía y epicureísmo que siempre defendió.

Fue en Sevilla donde la XVIII duquesa de Alba, hija de Jacobo Fitz-James Stuart y María del Rosario de Silva y Gurtubay aprendió a amar la vida y a los hombres que supieron conquistarla. Sevilla le hizo prendarse de la fiesta de los toros y, con ella, al que consideró –también siempre de manera pública– su primer novio. Con 17 años se enamora de Pepe Luis Vázquez. El torero sevillano, tres años mayor, encarna para la niña duquesa los valores de mayor pureza artística en una España folclórica y novelesca con la que siempre se identificó.

Sin embargo, Cayetana Fitz-James Stuart, que pasó su infancia sorteando los desastres bélicos y fratricidas del conjunto de Europa –se exilió en París antes del inicio de la contienda nacional, de donde salió hacia Londres con el estallido de la II Guerra Mundial–, no había sido educada para acabar inmersa en ese ambiente tan poco cosmopolita, transido de pintoresquismo y tradición, y su padre se encargó de romper el idilio.

Salvo su primer matrimonio, que fue del agrado de todo su entorno, el resto de relaciones amorosas de la duquesa fueron siempre un tormento para los suyos –primero su padre y con posterioridad, sus hijos– y solo su tenacidad logró, en el mejor de los casos, convencerles de lo contrario. Y en el peor, hacer de su capa un sayo. Pero antes de esa rebeldía manifiesta, la niña aristócrata, con 16 nombres, 40 títulos nobiliarios y 18 veces grande de España, claudica ante la voluntad paterna y se casa, como mandan los cánones, en la Catedral de Sevilla con Luis Martínez de Irujo. Eran los años duros de la posguerra española, 1947, con la miseria empañando el paisaje de su ciudad amada y aún así, su padre, el Duque de Alba, se gasta 20 millones de pesetas en la celebración del enlace. Seis meses de luna de miel recorriendo el mundo y seis hijos frutos de su matrimonio sirvieron para construir una sólida relación que se truncó en 1972 por la muerte precoz de Martínez de Irujo a causa de una leucemia.

Sin embargo, Cayetana de Alba siempre pasó de puntillas por el que fue el primero de sus tres maridos y nunca dudó cuando, al final de su vida, le preguntaba insistentemente la prensa: “El amor de mi vida fue Jesús Aguirre”, se le escuchó decir en multitud de ocasiones.

Sacerdote jesuita, hijo de madre soltera e intelectual de acentuados claroscuros, Aguirre irrumpió en la vida de la duquesa de Alba como un elefante en una cacharrería. Según el escritor Manuel Vicent, que le dedicó la novela titulada Aguirre, el magnífico (Alfaguara), se conocieron un verano en Marbella. Once años más joven que la duquesa, aseguran que la aristócrata caía rendida ante su erudición de su marido, o cuando le escribía espontáneamente poemas que le hacía llegar de un salón a otro del palacio de Liria de manos de un sirviente. Su personalidad escurridiza, su cinismo y su enorme ingenio mantuvo en vilo durante más de 23 años a Cayetana de Alba. Se casaron en 1978 en Madrid, convirtiéndose así en un matrimonio que despertó todo tipo de sospechas y del que muchos pensaron, equivocadamente, que iba a ser efímero.

Hasta su amiga Carmen Tello, esposa del torero Curro Romero, ha asegurado públicamente que Alfonso Díez –su tercer marido y actual viudo de la duquesa– “le gustaba más” que el propio Aguirre, al que encontraba “demasiado intelectual”, manifestó en una entrevista en TVE en relación a una supuesta relación desigual que desagradaba a ese entorno desenfadado y folclórico en el que se movía Cayetana en la ciudad de Sevilla.

Y a pesar de esa oposición que ejerció principalmente su hijo Cayetano Martínez de Irujo –sus desavenencias con Aguirre fueron públicas y notorias–, la duquesa resistió desoyendo a su familia hasta que sintió de nuevo el escalofrío de la muerte prematura. El duque consorte moría a los 64 años víctima de un cáncer de laringe. A partir de ahí, la vida de Cayetana, con los 71 cumplidos, se apagó, se centró en sus hijos y nietos y estrechó aún más si cabe, los lazos con la ciudad de Sevilla, por donde solía pasear de incógnito ante la complicidad amable de sus vecinos.

Hasta que llegó Alfonso Díez en 2008, un funcionario de la Seguridad Social que procedía del círculo de Jesús Aguirre y con el que retomó una vieja amistad tras encontrarse casualmente en un cine. Tenía Cayetana de Alba 84 años y Díez casi treinta menos, una relación llamativa tanto para la familia como para la opinión pública, que sin embargo acabó en boda cuatro años después. En ese fue protagonista de nuevo la ciudad de Sevilla, que acudió en masa a la entrada del Palacio de las Dueñas a jalear a una duquesa que acabó bailando descalza ante la muchedumbre enfervorecida. Fue insólita la rapidez con la que la oposición de sus hijos mutó en simpatía hacia el joven pretendiente, del que todos hablan hoy con profundo respeto y que ha pasado, tras su muerte, a un discreto segundo plano. Abandonó la residencia de los Alba y hoy vive en un apartamento del barrio de Chamberí en Madrid sin disfrutar de los privilegios de la casa ducal.

“¿Qué es lo mejor de la vida? El amor. ¿Y el amor tiene edad? Para mí no”. Es la conversación con un periodista de TVE, en la que probablemente fuera la última entrevista concedida por la duquesa más rebelde y apasionada, la “más goyesca” de toda su dinastía, como queda dibujada en Yo, Cayetana.

Leave a Reply