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Caída en picado

Paolo Gentiloni, comisario de Economía, en su oficina de la Comisión Europea en Bruselas.Paolo Gentiloni, comisario de Economía, en su oficina de la Comisión Europea en Bruselas.© Delmi Alvarez

La evolución del PIB en España y Europa durante el primer trimestre permite evaluar la magnitud preocupante de la recesión económica que se avecina a causa de la covid-19. La congelación total de actividades comerciales, de hostelería y, parcialmente, de la producción industrial, ha hundido el PIB español en el 5,2%, una medida que, trasladada a tasa anual, equivale a un descenso en picado del 4,1%. Dicho en términos comparativos con la trayectoria anterior, en un trimestre, a causa de las dos semanas iniciales de parálisis económica, España ha perdido seis puntos de crecimiento en términos anuales; con el agravante para el futuro de que el impacto mayor sobre la riqueza se producirá en el segundo trimestre en el supuesto de que el confinamiento drástico termine a partir de mediados de mayo. En Europa, el choque ha sido similar. Eurostat anunció ayer que la caída trimestral del PIB fue del 3,8%, mayor incluso que en los primeros espasmos de la crisis de 2008.

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No cabe duda ya de que la economía europea, y con ella la española, se enfrenta a una etapa recesiva compleja y profunda, creada por un fenómeno catastrófico, que puede degenerar en depresión si no se actúa con rapidez y contundencia. La caída trimestral en España es coherente con un descenso del PIB este año en torno al 13%; y es incluso posible que el desplome se acerque al 15%, si el ritmo de recuperación a partir del tercer trimestre es lento. El problema es que las expectativas son malas. No es posible contar con el turismo extranjero durante el ejercicio y el turismo nacional será insuficiente para compensar un año desastroso. Por estas razones y, además, por el hundimiento de la inversión y el consumo, la reactivación será lenta e insuficiente.

No obstante, hay que partir de un hecho cierto: por grave que sea, y lo es, esta crisis es distinta de la causada por la convulsión financiera global de 2008. Estamos ante un episodio con gran capacidad destructiva, porque la pandemia exige la parálisis parcial de la economía, pero, en teoría, está limitado en el tiempo. Por otra parte, las enseñanzas recientes de la última depresión han permitido, al menos, actuar con las medidas económicas correctas —créditos, avales, inyecciones masivas de liquidez— para sostener la demanda y la oferta, aunque no haya conseguido por el momento una inyección de dinero fresco en Europa ni se hayan concretado avances en la mutualización de la deuda.

Para que la recesión no se convierta en un estancamiento prolongado o en depresión es imperativo sostener con ayudas y facilidades de liquidez la supervivencia de las empresas afectadas y la renta de los desempleados. Pero los créditos y los apoyos nacionales solo permiten que la estructura económica no se hunda. Paolo Gentiloni, comisario de Economía, reclamó “un plan de recuperación que sea lo suficientemente amplio, dirigido a las economías y los sectores más afectados y que se pueda implementar durante los próximos meses. Si no es ahora, ¿cuándo?”. El resumen del mensaje es: Europa necesita más dinero nuevo para apoyar la recuperación y menos prejuicios de ortodoxia financiera. La pandemia ha quebrado, por la vía del desplome de la economía, los argumentos más rancios sobre la deuda. Siguiendo a Gentiloni, todos los países europeos se preguntan: si no es ahora cuando hay que poner dinero fresco, ¿cuándo?

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