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Biden gana el primer debate, pero el efecto de su victoria es incierto

Joe Biden, candidato demócrata a la presidencia de EE UU, este martes.
Joe Biden, candidato demócrata a la presidencia de EE UU, este martes.Patrick Semansky / AP

Las encuestas flash hechas inmediatamente después de que se cerrasen unos micrófonos que han estado abiertos durante 90 minutos ininterrumpidos para Donald Trump y Joe Biden indican que el aspirante demócrata ha ganado el debate de esta noche, un espectáculo que ha logrado el calificativo de “confuso” o “caótico” entre una mayoría de analistas. Es en cualquier caso el primero en una carrera presidencial que apenas empieza; aunque, realmente, muchos sentimos que nunca nos abandonó desde noviembre de 2016. Esta sensación de campaña permanente es fundamental para enmarcar el mes que nos espera: para la mayoría de los estadounidenses, para la mayoría del mundo, lo de esta noche no es un punto de inflexión, ni un pistoletazo de salida. Es un grano de arena más en un desierto de noticias que se siente al mismo tiempo vacío y abrumador.

Un debate electoral es un proveedor de información en busca de demanda entre los votantes de nuevos datos, impresiones, aspectos hasta ahora desconocidos sobre las candidaturas entre las que tienen que decidir. A menos sepan estos sobre los candidatos, o a más distinta sea la nueva información propuesta respecto a la que ya se tenía (a más espacio haya entre las expectativas y la realidad aprendida), más demanda existirá sobre lo sucedido en el show. En esta elección, la información disponible sobre los contendientes es extraordinariamente prolija. Queda poca gente en EE UU que no tenga una idea formada sobre Trump y Biden. Tal es así que el volumen de indecisos entre votantes probables (la categoría de persona a la que suelen ceñirse las encuestas en un país con una abstención tradicionalmente elevada) apenas roza el 5% en su punto álgido, y lleva así desde marzo de este año, según el seguimiento que hace el reconocido instituto demoscópico de la Universidad de Monmouth.

Sin embargo, es cierto que no todos los votantes decididos son iguales. Menos ante la información más o menos sorprendente que puede aportar un debate. El de esta noche ha sido particularmente poco novedoso (solo un 17% de los encuestados por la cadena CBS decía sentirse “informado” tras verlo, frente a un 69% de “irritados”), pero como no podemos estar en la mente de cada ciudadano, tenemos que ingeniárnoslas para averiguar su permeabilidad dialéctica. El sondeo de Monmouth nos ayuda a buscar ese matiz en el que probablemente se va a terminar decidiendo el efecto posible del reciente debate, y de los que lleguen: a distinguir entre personas que tienen su voto “seguro” o inamovible para Trump o Biden, y aquellas que consideran su decisión a día de hoy como “muy”, “algo” o “poco” probable. Esta firmeza determina el grado de penetración de la nueva información, de los argumentos y fallos de esta noche, en los distintos votantes.

Los convencidos han venido creciendo en los últimos seis meses, como es normal: a medida que se acerca la fecha definitiva, la gente dispone de más certezas. Más del 75% de cada candidato ya sabe que no se va a mover de donde está. La encuesta de Ipsos con FiveThirtyEight.com arroja resultados similares: alrededor de ocho de cada diez votantes tienen total certeza sobre su decisión. Pero aún quedaría entre un 15% y un 25% de votantes más o menos susceptible.

En esta misma línea, apenas un 13% de las personas declaraban la semana pasada que el debate podía llegar a cambiar su parecer. Su perfil es el clásico de los indecisos en cualquier elección: mujeres, jóvenes, no blancos y de menor nivel de ingresos (y estudios).

Este es el mapa de votantes accesibles, sensibles ante la información de debates como el de esta noche. Pero en una elección que se decide Estado a Estado, y que se va a centrar en un puñado de ellos donde el número de votantes probables para cada partido es más o menos similar, la clave no es solo de qué lado cae la mayoría de personas que se deciden tras un debate. La clave es dónde están.

Estados en juego: efecto impredecible

La naturaleza federal de las elecciones estadounidenses hace que las encuestas agregadas no son ideales para discernir quién es, en última instancia, el ganador efectivo de un debate. El caso de 2012 lo ilustra a la perfección: el 3 de octubre de aquel año Barack Obama perdió, según el consenso de analistas y votantes, su primer encuentro dialéctico con el republicano Mitt Romney. Las encuestas nacionales así lo reflejaron: Obama perdió 4,4 puntos de su margen después de esa fecha.

Pero en ese puñado de lugares donde realmente se jugaba la elección, el negativo resultado del entonces presidente apenas reforzó una tendencia que ya estaba en marcha desde antes. No la cambió: era apenas un espejismo de los sondeos nacionales, favorecido por un ciclo de noticias que durante aquellos días se centraba en la aparente derrota en el show de Obama.

Eventualmente, la tendencia acabaría volcándose a su favor. Los votantes decidirían quizás que la información adquirida en aquel debate no era tan definitiva como lo que ya sabían sobre los candidatos. O adquirirían otra, en días subsiguientes de campaña, que les devolvería a su posición inicial. Obama terminaría llevándose la mayoría de estados en juego, desde Nevada hasta Florida, y ganaría el voto nacional agregado por una distancia mayor de la esperada por la media de encuestas.

La moraleja para Biden está servida: la victoria de esta noche es pequeña, momentánea e incierta. Se produce en mitad de una guerra de trincheras definida de antemano. Así, va a hacer falta algo más que 90 minutos para volcar decisiones cada vez más firmes, o para atraer hacia su lado a los pocos no alineados que quedan y aún pueden decidir el futuro de la nación.

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