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‘Au-pairs’ extranjeras en la España rural: “Me enamoré de la vida en los pueblos”

“Una fuerza sobrenatural”. Eso es lo que sintió la estadounidense Kara Marlow cuando Marta Pérez se le cruzó en el mundo virtual en 2017 desde Moreruela de Tábara, un pequeño pueblo zamorano que no supera los 300 habitantes. Marta buscaba una au-pair que le enseñara inglés a su pequeña Julia, de tres años. Kara, un año sabático en algún lugar del mundo antes de empezar a estudiar Literatura. En Aupairworld.com, una de las mayores páginas para au-pairs —personas jóvenes que pasan una temporada alojadas en hogares extranjeros a cambio de tareas como cuidar a niños o enseñarles idiomas—, el destino unió a la directora del colegio rural de Tábara, en la España rural, con una joven de 19 años de Iowa.

“Había pensado en China o en Italia. Pero cuando encontré el perfil de Marta supe que era donde tenía que estar”, recuerda Kara, ahora al teléfono desde su casa en Estados Unidos. Esta joven ya tenía en mente pasar un tiempo en un pueblo pequeño. “Me apetecía mucho porque lo que quería era tener espacio para reflexionar, escribir y pintar. Allí podía hacer todo eso”, reflexiona. No obstante, cuando llegó al pueblo, no pudo evitar sorprenderse. A pesar de que Google le había ayudado a hacerse una idea de cómo era Moreruela, lo primero que le extrañó fue la falta de niños en las calles. En 2015, el pueblo ya había cerrado su escuela definitivamente por falta de alumnos.

“En Estados Unidos no hay municipios tan pequeños, todos tienen varias tiendas y, por lo menos, 10.000 habitantes”, detalla Kara. En cambio, en España, los pueblos de menos de 100 vecinos han aumentado en nuestro país un 60% en dos décadas. Tan solo en la provincia de Zamora, donde se ubica Moreruela, hay más personas en localidades con menos de 501 habitantes que en los municipios que reúnen entre 5.000 y 10.000, según el padrón municipal del Instituto Nacional de Estadística, con datos correspondientes a 2019. Entre las miles de consecuencias de la despoblación, una de las más graves es la falta de gente joven que pueda asegurar el futuro de estos municipios.

Una sensación similar a la de Kara tuvo la neozelandesa Ruby Rogers dos años después, cuando ya había nacido Alberto, el hermano pequeño de Julia. Esta joven de 20 años llegó a Moreruela gracias a Lattitude Global Volunteering, una organización internacional que conecta a jóvenes voluntarios con autoridades regionales. En el caso de Castilla y León, más de 50 escuelas cuentan con asistentes de idiomas gracias a este programa. “Lo que más me sorprendió fue la diferencia con los pueblos de Nueva Zelanda. Allí, los agricultores y ganaderos viven fuera del pueblo y el resto dentro. Aquí todos viven juntos y comparten un montón de horas en la calle”, relata Ruby.

Según las últimas estadísticas de Aupairworld.com, la página donde Kara se encontró con Marta, que trabaja con 22 países de destino y cuenta con 35.000 au-pairs activos, España es el tercer país que más au-pairs recibe de Europa, por detrás del Reino Unido y Francia. El 80% de los jóvenes viene de algún estado europeo y un 8% lo hace desde Estados Unidos. Aunque grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Sevilla continúan siendo las predilectas, las familias de la España rural también buscan el enriquecimiento idiomático de sus pequeños.

La familia que acogió tanto a Kara como a Ruby era un matrimonio joven que vivía al lado de la carretera nacional. Tenían caballos, cabras, perros y gallinas. Desde el principio, tanto Marta como su marido, Luis, se emplearon en incluir a estas dos jóvenes en todas las tradiciones del pueblo: la vendimia, las fiestas de San Miguel el patrón del pueblo, las noches de verano en la calle, la matanza. Esta última impactó especialmente a Kara: “Fue duro de ver, pero aprendí que aquí hay una relación con los animales muy distinta a la de Estados Unidos. Los cuidan con todo el cariño del mundo aunque vayan a ser luego un alimento”.

Durante el día, Kara se pasaba la mañana jugando en inglés con la pequeña Julia. Ruby también lo hacía cuando acababa su jornada en el colegio de Tábara, que no duraba más de cinco horas al día. El resto del tiempo, charlaban con los pocos niños que quedaban en el pueblo. Era un intercambio mutuo: ellas contaban historias de sus países, ellos compartían las leyendas del pueblo. “Aprendí mucho de los niños. Pasamos momentos mágicos. Vivir en un pueblo español me ha enseñado a cuidar muchísimo más las relaciones”, resuelve Kara.

Poco a poco, lograron ganarse a todo el vecindario. Aunque ambas estuvieron en el pueblo con un par de años de diferencia, no había nadie en Moreruela y alrededores que no supieran quiénes eran. “Todos los vecinos fueron muy abiertos desde el principio. Alguno hasta se sorprendía de lo distinta que era físicamente a ellos”, ríe Ruby, que mide más de 1,80 y tiene el pelo rubio.

Para Kara, el día a día era igual que en obras literarias como El Camino de Delibes, una de las obras que leyó en Estados Unidos antes de su viaje para aprender castellano. España le dejó una huella imborrable que ahora siempre refleja en sus trabajos de la universidad. Hay un momento que esta joven recuerda especialmente: la Navidad. “No había nada que hacer en el pueblo, la gente siempre estaba en sus casas”, recuerda. Como echaba de menos a su familia, propuso mezclar las tradiciones estadounidenses y españolas, empezando por hacerse con el clásico abeto natural. “Así que nos fuimos al campo, recogimos unas cuantas ramas, las atamos, y montamos nuestro propio árbol. Después cociné cáscaras de naranja para decorarlo. Es muy típico de mi región estadounidense”, explica.

Siempre que Kara quiere volver a España, abre su diario. Y entonces recuerda la primera vez que conoció el significado de la despoblación. En uno de sus paseos diarios con la pequeña Julia, se encontró a una mujer recogiendo firmas para evitar que se presentaran proyectos para macrogranjas de cerdos en la comarca. La mujer le habló sobre cómo podrían terminar con los recursos del pueblo y asfixiar a pequeñas y medianas empresas de ganaderos. “Me puso muy triste. Creo que la despoblación me agobia más que a muchos españoles. Yo me enamoré de la vida en los pueblos. Encontré el amor, me llevé el saber vivir de una forma más sencilla. Gracias a los pueblos ahora me gusta cocinar, acostarme más tarde, escuchar música española”, confiesa.

Una gran aportación cultural

David Redoli, sociólogo zamorano, explica que la presencia de au-pairs puede ser especialmente beneficiosa para los niños de la España rural: “Les abren la ventana a un mundo diferente, que normalmente es difícil de abrir en los pueblos debido a su situación. La aportación cultural es extraordinaria”.

A algo más de 400 kilómetros de Moreruela de Tábara, en el pueblo vizcaíno de Iurreta, de no más de 4.000 habitantes, la italiana Rosaria Bozza estuvo cuidando al pequeño Txomin, de un año, en la primavera de 2017. “Yo elegí el pueblo, no fue al azar. No tenía muchas expectativas. Iba allí a la aventura con la intención de conocer España con un poco más de profundidad”, explica. “Fue mucho mejor de lo que me esperaba. Siempre había escuchado decir que en el norte de España son más fríos, pero para nada fue así en mi caso”.

En los días entre semana, Rosaría despertaba a Txomin, desayunaban y llevaba al niño a la guardería. Tras recoger al pequeño y comer, si no llovía, salían a jugar al parque del vecindario. Y los jueves en ese pueblo era el Pintxo-pote, el día en el que los bares ponen sus pintxos a un precio más bajo e incluyen la bebida en el precio. “Salíamos de pintxos los padres, el niño y yo. Era muy bonito porque había un montón de gente por la calle y se conocían todos entre ellos. Cada dos metros te paraba alguien para saludarte”, recuerda.

“Un poco antes de irme, quise comprarle un libro a una amiga. Me llamó la atención encontrarme con una librería a punto de cerrar para siempre. Creo que esa situación refleja perfectamente la despoblación. Vivir la vida en un pueblo pequeño me ha obligado a cambiar mi forma de enfrentarme a las cosas, a tener mucha más paciencia para todo”, reconoce Rosaria. “Yo vivo enamorada de España. En Semana Santa salíamos a ver las procesiones en la zona y yo me quedaba alucinada. En Italia no tenemos esas tradiciones. Lo recuerdo con mucho cariño. Tanto, que no sé ni explicarlo. El Gobierno debería ponerse las pilas para fomentar la vuelta de la gente de la ciudad a los pueblos”.

En algún punto de las entrevistas para este reportaje, las tres han mencionado la misma palabra: comunidad. “En los grupos pequeños es más fácil la inclusión porque es más importante sociológicamente: si tienes 10.000 personas, que encaje una no supone tanto impacto como lo hace en un grupo de 100, aunque solo sea por facilitar la vida al grupo”, explica Redoli. Por eso mismo Kara, Ruby y Rosaria recuerdan la amabilidad de los vecinos como lo más impactante de su viaje.

Actualmente, las tres au-pairs mantienen el contacto con sus familias españolas. Kara, por ejemplo, volvió al año siguiente para conocer a Alberto y aún sigue jugando con Julia por videollamada. Todas coinciden en que lo que se han llevado de vuelta a casa no ha sido tanto las costumbres rurales como un importante souvenir emocional. “Siento que mi vida en esa España no fue un viaje, fue crear otra vida. Todos somos peregrinos en este mundo y todos podemos aprender de ello”, reflexiona Kara. Y concluye: “Deberíamos cuidar mucho más los pueblos”.

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