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Armstrong, milmillonario por la gracia del bitcoin

Brian Armstrong, cofundador y CEO de Coinbase en diciembre de 2017.
Brian Armstrong, cofundador y CEO de Coinbase en diciembre de 2017.Michael Short / Bloomberg

Brian Armstrong, cofundador y director ejecutivo de Coinbase, una billetera digital para almacenar bitcoins, no es solo el último recién llegado al club de los milmillonarios: también es la estrella emergente de las tecnológicas. Armstrong (38 años) se da un aire a Marck Zuckerberg: esa imagen barbilampiña y visionaria de jóvenes prodigios con una misión que va más allá del negocio y se adentra en la revolución de las costumbres. Como el primer ejecutivo de Facebook, también está dispuesto a transformar radicalmente un hábito inveterado, en su caso el del uso del dinero, dándole una dimensión aún insondable.

Coinbase, la mayor plataforma de comercio de criptomonedas con sede en San Francisco, va a salir a Bolsa, y Armstrong será uno de los mayores beneficiarios: el valor de su participación se estima entre 7.000 y 15.000 millones de dólares (entre 5.800 y 12.450 millones de euros), según el nivel de ventas de la divisa virtual, en racha alcista.

Una carrera meteórica para la compañía, creada en 2012, y para su cofundador, un licenciado en Económicas por la exclusiva Universidad Rice que protagoniza una revolución en un sector, el de las criptomonedas, contemplado aún con recelo por muchos, pero al que se adscriben cada vez más personas, desde congresistas estadounidenses hasta grandes compañías, como Tesla.

Sin datos sobre su vida

Armstrong ha desarrollado en tiempo récord un liderazgo poderoso. Poco se sabe de su vida, salvo su paso previo por Airbnb; ni siquiera su lugar de nacimiento o sus opiniones sobre el mundo que le rodea. Porque fuera del bitcoin y, sobre todo, de su empresa, nada parece llamar su atención. No extraña por tanto que una arenga suya a los empleados instándoles a centrarse en el trabajo —es decir, en los objetivos de la compañía— y a aparcar cualquier inquietud social haya causado estrépito en las redes. ¿Dónde va a desarrollarse su apostolado, si no en ellas?

En septiembre pasado, en un receso de un año excepcionalmente intenso en términos políticos —cuando las manifestaciones contra la injusticia racial apenas sí habían amainado, y en vísperas de unas elecciones presidenciales decisivas—, Armstrong publicó un post que era a la vez un manifiesto mesiánico y una hoja de ruta para sus 1.420 empleados.

La consigna era inapelable: nada de secundar causas políticas o sociales; el que no esté de acuerdo, mejor que abandone el barco. Unos 60 trabajadores aceptaron el incentivo, una paga equivalente al sueldo de entre cuatro y seis meses, según la antigüedad, y firmaron el finiquito. “La vida es demasiado corta para trabajar en una empresa en la que no te sientes a gusto”, les animó personalmente por correo electrónico.

En la publicación que armó el revuelo y en el mensaje que luego dirigió a la plantilla, Armstrong aludía a la efervescencia activista en las grandes empresas de Silicon Valley, constituidas casi en referentes progresistas contra los abusos sexuales (Google), la discriminación racial (Facebook) u otras causas pujantes.

Contra la participación social

Así que, al revés que otras muchas compañías, que incentivan e incluso invitan a sus trabajadores a una participación activa —por ejemplo, grandes líderes empresariales de Nueva York, que han animado a cerca de 100.000 empleados a votar en las próximas elecciones a la alcaldía—, Armstrong ha anatemizado toda inquietud social al considerar que cualquier interés ajeno al negocio detrae esfuerzos para el triunfo. “Aunque creo que estos esfuerzos [el apoyo a causas sociales] son bienintencionados”, escribía para curarse en salud, “tienen el potencial de destruir mucho valor en la mayoría de las empresas, tanto por ser una distracción como por su carácter divisivo”.

El resquemor social de Armstrong parece tener su origen en un incidente embarazoso ocurrido en junio, durante una convención de la empresa, cuando el jefe ejecutivo de Coinbase habría rechazado pronunciarse públicamente a favor del movimiento Black Lives Matter, según empleados citados, anónimamente, por el portal The Business of Business (otras fuentes, sin embargo, señalan su apoyo explícito en Twitter a las movilizaciones).

En octubre pasado, según el citado portal, la tenista e inversora Serena Williams borró toda mención acerca de Coinbase de la página web de su firma de capital riesgo, Serena Ventures.

Así que, mientras para algunos Armstrong suma a su olfato para las finanzas un modelo de gestión destinado a sentar precedentes, para Silicon Valley —ejemplo de mayor liberalidad, al menos ideológica— es un líder mojigato, además de torpe y miope en su empeño de desoír las innumerables reivindicaciones en curso. Pero que Armstrong hará escuela, tanto en la gestión como en la doctrina, no hay que dudarlo. Que algunos de sus empleados se planteen volver a las catacumbas, tampoco.

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