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Arder de miseria en Barcelona

Siempre arden pobres en invierno. Arden por intentar no helarse, por no poder pagar la luz, por dormir junto a la chatarra oxidada que recogen por las calles, por hacinarse donde pueden para resguardarse de las inclemencias del tiempo y de la estratificación social. Con la agravante de que ahora, a la vista de todos, han pasado a ser invisibles, erosionada su condición humana hasta neutralizar cualquier atisbo de compasión, que no es otra cosa que el acto de compartir el dolor ajeno. Tan lejos ha llegado esta indiferencia de la mayoría que anda abrigada por las aceras que el otro día un señor que vive en una de ellas ironizaba amargamente en un cartel escrito frente a su lecho de cartones: “Publicidad: que da mucha penita pena”.

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