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Alice en el país de los pasteles de nata

Alice ha aprendido el WhatsApp antes que el abecedario. “Abuela, ¿estás en casa? Pues enséñame mi habitación”. Con dos añitos, no se fía. Hasta que llegó el estado de emergencia Alice pasaba rotatoriamente tres días en casa de su mamá Madalena, otros tres en la de su papá Zé María y otros tres repartidos entre la casa de la abuela Elena y la de los abuelos Nené y João. Con el estado de emergencia establecido hace un mes, tres generaciones de la familia Forjaz Fidalgo se dedican al malabarismo logístico por los barrios de Lisboa.

Al inicio fue el caos. “El parvulario cerrado”, recuerda Zé María, “las clases extraescolares, también; los abuelos, prohibidos, pasaron de grupo de salvación a grupo de riesgo, Madalena y yo, teletrabajando”. Pero todo es susceptible de empeorar. “Efectivamente, Madalena cogió una amigdalitis y guardó cuarentena”. Peor imposible, ¿no? “Bueno, no; unos días antes me había quedado sin carné de conducir”.

El primer día que Alice faltó a casa de los abuelitos hubo qué explicarle lo de la covid-19. “Yo no soy muy creativo, me negué a decirle que en la calle había un monstruo, como hacen algunos padres. Le dije que nos teníamos que quedar en casa”, recuerda Zé María. “Yo sí que le conté que algunos bichitos había por ahí”, matiza Madalena. Alice pasó un par de días triste y llorosa, y ya. “Los niños se acostumbran pronto a las nuevas situaciones”, afirma el padre. Los adultos, no tanto. “De días sin verla, pasé a semanas de 24 horas juntos en un apartamento con una ventana”.

Primero fue el nivel de alerta, después 15 días de emergencia que acabarán siendo 45. La policía patrulla en las entradas y salidas de las ciudades y a veces también dentro de la misma Lisboa. Los abuelos van de aquí para allá haciendo de glovos, surtiendo de comida y de otros encargos a las casas de sus hijos; afortunadamente nunca les han parado. Su casuística no cabe en el decreto de confinamiento.

Es el abril más extraño desde la revolución de los claveles de 1974. El sábado, día 25 de abril, por primera vez los manifestantes no bajarán por la Avenida da Liberdade, ahora sin coches, sin gentes, sin humos ni ruidos. Triste. Vacíos de pasajeros, ni cruje el tranvía 28 al atravesar Alfama. El río Tajo entra y sale de Lisboa sin que nada lo impida. No hay cargueros que lo rasguen, no hay cruceros bienvenidos ni gente que le siga la corriente.

En el Chiado, los vecinos Luis de Camoes y Fernando Pessoa guardan 30 metros de distanciamiento social. Están que no salen de su asombro. Al tuerto de Os Lusíadas, las palomas le han dejado de defecar en sus pies; hace semanas que nadie les echa migas de pan. Al miope del Libro del desasosiego no le soban los turistas. La rua Garrett, siempre intransitable, está vacía, con las tiendas cerradas, pero con esos cierres que se adivinan que no son de descanso semanal; la clausura de la iglesia de los italianos lo corrobora y el mítico café Brasileira lo ratifica, al igual que otras tascas por donde Pessoa iba haciendo sus paradas, Nicola, Martinho de Arcada… Hoy sería imposible pillarle al poeta en “flagrante delitro”.

Al mes de reclusión, Alice bate huevos, exprime limones, extiende mozarela, salsa de tomate y champiñones sobre la pizza. “Cocinar la cena ha resultado ser nuestra mejor experiencia del día, mejor que la pintura o la tele”, reconoce Madalena, que teletrabaja en el sector del espectáculo. Zé María, dedicado al software futbolístico, se va a quedar sin variables, pero de momento con sueldo. Hay cerca de un millón de trabajadores, casi un tercio de la fuerza laboral del país, con suspensión temporal del empleo.

En el portal de casa, la abuela Elena toca el timbre y deja la compra del supermercado para su hijo y su nieta. Esta vez no incluye los caprichitos de las festividades, pasteles de nata de Belém, croquetas de Versalles, arroz de pato del O Chef, los ovos moles de Alcoa, el roastbeef del Gambrinus…. Desde hace un mes, prima la pasta y el gel desinfectante.

Tras la ventana, Alice agita las manitas y parece que le grita hola y adiós a su avó que, sin oírla, le responde igual, hola y adiós, desde la ventanilla del coche. Haciendo pucheros, las dos se alejan hasta la próxima semana de emergencia.

Está doliente Lisboa. No huele a la canela de sus pastelerías, no sabe al cilantro de sus tabernas, no hay quien la abrace, pero sí que tiene un eco del más puro Camané: “Hay un silencio pesado, que no sé de dónde viene, ni sé si se llama fado, o qué otro nombre tiene”.

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