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Ahora más que nunca

Con el virus llegó la sobreactuación. Una oleada de cultura gratis que contenía tanto la necesidad de prestar ayuda como el pánico al derrumbe económico del sector, el cultural, provocó una insólita hiperactividad. A menudo, pienso que si añadiéramos por sistema la palabra industria para definir el conjunto de oficios que componen las artes, tanto los políticos como el público entenderían que lo nuestro es un trabajo. Que el amor al arte se da por descontado. Entre que la derecha en España siempre ha desconfiado de titiriteros y juglares a los que tilda embusteramente de “subvencionados” y que la izquierda coqueteó durante años con la demagogia del acceso gratuito y caprichoso a cualquier manifestación artística, el universo cultural se quedó herido. Ahora, tras este dramático parón no se sabe cuándo volverán los teatros a funcionar, qué libros se dejarán de publicar, si serán posibles los conciertos, los encuentros con los lectores. ¿Qué haremos si el público, esa suma de individuos que ocupan filas de asientos, ya no puede venir a vernos?

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Se está hablando extensamente del turismo, ese monocultivo al que se ha fiado la economía del país, y todos hemos pensado, aún siendo críticos con el sistema, en los trabajadores de un ramo que está en casa manteniendo confinada su gran incertidumbre en estos días de Semana Santa. Pero ni una palabra de aliento reservaba el Gobierno para todos aquellos, autónomos en su mayoría, que sobreviven de los oficios relacionados con la cultura. De ahí que Cibrán Sierra, miembro del Cuarteto Quiroga, tomara la iniciativa y reclamara con una carta firmada por premios nacionales de distintas disciplinas alguna respuesta del ministro Rodríguez Uribes. Saben muy bien los músicos de la Clásica que en otros países, como Alemania, el Gobierno ha destinado una partida de presupuesto para aquellos trabajadores que están registrados como artistas. Y el ministro habló. Casi mejor que no lo hubiera hecho. Su falta de sensibilidad hacia un sector que está lógicamente aterrado le llevó a recordar que primero son las vidas. Ese recordatorio ofende.

Pero después de una reivindicación que me pareció ajustada comenzó la sobreactuación, que es la peor estrategia de la que podemos echar mano aquellos que nos dedicamos a contar historias o a representarlas. Se anunció un apagón cultural. Pasar de la gratuidad al apagón es un sinsentido. Y corres el peligro de que haya un público que te tilde de egocéntrico, que te haga saber que no eres imprescindible, y que es imposible apagar culturalmente las vidas ajenas, porque la música suena en nuestros reproductores, los libros esperan en nuestra mesilla de noche, las series en nuestras teles. De las actuaciones caseras que vamos encontrando en las pantallas unas nos despiertan admiración; otras, simpatía y algunas, estupor. Esa idea de que gracias a un supuesto apagón los espectadores sentirán un vacío existencial es ridícula, ya que es más probable que sea el artista quien necesite al público que a la inversa y que esa breve exposición virtual en tiempos de confinamiento le sirva, nos sirva, de consuelo.

Todos queremos volver a un escenario, a la caseta de una feria, a la librería. Tenemos derecho a que se proteja entre tanto a quienes más van a sufrir este zarpazo. Pero ahora, cuando el personal sanitario trabaja sin horarios, exponiendo su salud, con un grado de generosidad admirable, cuando hay gente que se atreve a acudir a centros de asistencia para servir comidas, cuando las escuelas están haciendo labores sociales, no viene a cuento esta especie de pataleo estéril. Hemos de entender bien nuestro oficio para defenderlo laboralmente: la ficción es necesaria, inherente al individuo, pero cualquier padre o cualquier abuela nos pueden sustituir contándole un cuento a un niño. Así que para hacernos imprescindibles no debemos desaparecer ni un día. Nuestra presencia está para dar aliento, hemos de ser espejo de las vidas ajenas. Ahora más que nunca.

(Por fortuna, el apagón se ha desconvocado a última hora).

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