Internacional

Adiós a la periodista que vivía en la frontera invisible de Jerusalén

La periodista Ana Alba, en la Ciudad Vieja de Jerusalén.La periodista Ana Alba, en la Ciudad Vieja de Jerusalén.Quique Kierszenbaum

Sus compañeros de profesión no olvidarán fácilmente su esfuerzo adicional, la milla extra que solía recorrer, para ofrecer el rostro más humano de la noticia en un territorio muchas veces hostil a los informadores. Ana Alba (Barcelona, 1971), corresponsal de El Periódico de Catalunya para Israel y Palestina, falleció el miércoles en su ciudad natal a causa del cáncer que padecía desde hace tres años. Deja una ausencia irremplazable en la menguante comunidad de la prensa española en Jerusalén.

Desde 2011 cubría como freelance la información del Levante mediterráneo, una región donde los periodistas de plantilla de los medios privados se extinguen como los últimos mohicanos. Pese a la precariedad que golpea a la profesión, no quiso renunciar a una vocación de reportera internacional que colmaba su existencia. “Vivir cerca de la frontera invisible que separa la Jerusalén occidental de la oriental es un privilegio. La melodía de los muecines que llaman a la oración desde las mezquitas llega a tu azotea, como lo hace el canto de las campanas de las iglesias cristianas. Los viernes, cuando cae el sol, el sonido impetuoso de una sirena te recuerda el inicio del sabbat, día de descanso judío”, describió para sus lectores la visión de la Ciudad Santa que contemplaba desde el terrado del apartamento en el que residía en un vetusto edificio de la Obra Pía de los Santos Lugares.

Dos años después de licenciarse en la Universidad Autónoma de Barcelona en 1995, Ana Alba emprendió por libre el camino de los corresponsales y enviados especiales en dirección a Sarajevo. Tras el paso por la posguerra bosnia que le dejó un profundo poso, cubrió durante una década conflictos como los de Kosovo e Irak, revueltas políticas en Irán y Serbia, como reportera del diario Avui antes de afincarse en Jerusalén.

El reconocimiento a la calidad de su trabajo y a su esfuerzo le llegó como finalista en 2019 del premio Cirilo Rodríguez, para periodistas especializados en coberturas internacionales, y ganadora este año del galardón Julio Anguita Parrado, por su trayectoria profesional en zonas de conflicto con un enfoque “cercano a los más vulnerables”.

Fue un honor, un placer reservado a informadores expatriados, compartir con ella una cena de la Pascua judía en Tel Aviv junto a diplomáticos y periodistas extranjeros; sortear la ira de los colonos israelíes desalojados del asentamiento pirata de Amona, en Cisjordania ocupada; atravesar tantas veces el tétrico paso de Erez, en la frontera de Gaza con Israel.

De vuelta a Jerusalén desde el desolado enclave palestino fue cuando desveló, en 2017, que la enfermedad iba a apartarla “durante un tiempo” de Tierra Santa. Regresó siempre que pudo –entre intervenciones quirúrgicas y sesiones de quimioterapia en Barcelona– a la franja de Gaza, a la dividida Hebrón, a su querida Haifa, al terrat de su casa en el bullicio del centro jerosolimitano.

“Toda la comunidad de reporteros españoles en Jerusalén la apoyó hasta el final”, rezaba la nota de pésame que difundió la Asociación de la Prensa Extranjera en la Ciudad Santa pocas horas después de su fallecimiento en plena madurez profesional, mientras en las redes sociales colegas y lectores le rendían un homenaje masivo. Cuando se pregunten en medio de las adversidades del oficio si aún vale la pena el prolongado extrañamiento, la soledad del trabajo en la corresponsalía, sus compañeros recordarán siempre el ejemplo, la vocación y la amistad de Ana Alba.

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