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Abuelos aislados y sin nadie con quien hablar: “Me gustaba ver a los obreros trabajar”

En la obra de un edificio que se levanta en la calle Bretón de los Herreros, en el barrio madrileño de Chamberí, se echa de menos a Victoriano, de 93 años. “Hace días que no viene. Estamos preocupados”, dice un gruista. El hombre, todas las mañanas, aprovechaba los paseos con el perro para comprobar los avances de la construcción. Le maravillaba la modernidad de las nuevas edificaciones, el cemento y el hierro alzándose hasta el cielo, como por arte de magia. Victoriano, al principio, se asomaba con discreción a través de las vallas metalizadas, pero poco a poco fue cogiendo confianza. Los obreros paraban un momento para explicarle los últimos avances, las modificaciones sobre la marcha, los retos ante las dificultades que surgían de manera inesperada. En Cihuela, su pueblo de Soria, el anciano había hecho sus pinitos como constructor aficionado, nada importante según él, aunque suficiente para adquirir unos conocimientos básicos. Así que se permitía lanzar algunos consejos a los profesionales. Humildes eso sí. Dichos con todo el respeto. Pero hace más de una semana que Victoriano no aparece por aquí. La arquitectura a pie de calle se ha quedado sin uno de sus espectadores más fieles.

Desde que se declaró la pandemia del coronavirus que le ha costado la vida en España a 533 personas, la mayoría ancianos con patologías previas, Victoriano Bordejé se ha enclaustrado en casa, la quinta planta de un edificio de la calle Málaga. Acostumbrado a la cháchara, lleva mal no conversar largo y tendido con nadie. “Me aburro. Los días se hacen larguísimos”, confiesa. A veces se olvida de lo que ha desayunado por la mañana, pero recuerda perfectamente el día en que estalló la guerra civil española, en 1936. Tenía nueve años. Compró este piso en el que vive el mismo día que asesinaron al jefe del Gobierno, Carrero Blanco, en 1973. Su vida corriente está engarzada de alguna manera con los grandes sucesos de la Historia. Ahora lo que le ocupa es la afición a la ingeniería civil. “Me gusta ver a los obreros trabajar. A veces les hago comentarios y ellos se ríen. Son majísimos”.

En el encierro le acompaña su hija, una enfermera de 60 años. Victoriano es autónomo, no necesita ayuda de nadie. Pero las horas que se queda solo mientras su hija trabaja en el hospital y la distancia de dos metros que guardan el uno del otro no lo lleva del todo bien. Sumirse en el silencio le aterra. A primera hora de la mañana, le da una vuelta a la manzana al perro. Vuelve a toda prisa y evitando cruzarse con nadie. Victoriano come en la cocina, su hija en el salón. Si uno camina por un pasillo, el otro cierra la puerta de la habitación. Es un juego de poner obstáculos entre dos personas que conviven bajo el mismo techo. “Le he dicho a mis otros dos hermanos que no vengan. Nadie puede entrar en la casa. Mi padre está preocupado porque apenas hablamos y se siente inquieto”, explica la hija por teléfono.

Algún día, cuando todo esto acabe, Victoriano volverá a primera línea de obra. Cuesta imaginar que ese edificio vaya a crecer derecho sin su supervisión.

Solo en la Comunidad viven más de 270.000 mayores, según el INE. De ellos, el 30% vive en soledad. Se llama Juan, pero todos le llaman Luis. Juan Luis, de 85 años, lleva una semana sin salir de casa. “A mi mujer y a mí nos gustaban mucho los críos, pero no quisieron venir. Sufrimos un aborto. Mi Petri murió de cáncer hace más de 20 años. Desde entonces los hospitales me dan mucho miedo, pero en fin, si me pongo malo, iré. Aunque la fe se te va muchas veces”. Tiene Skype, WhatsApp, está conectado permanentemente con su sobrino, que vendrá mañana con la compra. “Gracias a él leo textos extraordinarios”. Dice que la soledad es acostumbrarse. “Tuve novia desde los siete hasta los 19 y encima me dejó. Luego quiso volver, pero yo ya dije que no. Luego fui al baile y conocí a mi mujer. La vida hay que llevarla como viene”.

Los madrileños se asoman a la ventana y ven a los mismos coches de ayer. Y que anteayer. Y que anteanteayer. A eso de las doce del mediodía, el vecino de 75 años Francisco Sánchez camina con los dos primeros botones de la camisa de cuadros desabrochados y deja entrever un vello blanco desairado. Extaxista, con panza de media luna, camina por mitad de la calle de Santa Isabel de Lavapiés sin miedo. Pasear por algunos rincones de Madrid ya no es un ejercicio de riesgo, sino de urgencia. Hoy, aunque cojea un poco, se ha desplazado “solo” 150 metros. “He salido a por las pastillas y leche”.

― ¿Dos cajas de Enalapril?

― Tengo la tensión alta y varias cosas.

― No lleva guantes ni mascarilla…

― Si es que no me he preparado. Lo hago rápido.

Dice que está afrontando estos días como puede, pero no sabe qué decir. “Yo no sé opinar todavía, si es que… no sé, no sé. Vemos la tele todo el tiempo, qué remedio. Hay películas buenas, malas, peores, regulares”.

― ¿Y qué va a comer hoy?

― Jamás pregunto lo que me pone de comida la mujer.

Madrid también es un rincón de Malasaña. Aquí, el vecino Nacho Martínez, de 59 años, tocó este martes el telefonillo de Charo, una vecina del cuarto de 80 años. Ella, que vive sola, le dijo que estaba bien, que no necesitaba nada y que… era su cumpleaños. “¿Tu cumpleaños?”, respondió él con su sorpresa. Manos a la obra. Nacho lo comunicó en el grupo de WhatsApp de la comunidad y en dos horas el timbre de Charo volvió a sonar. Ella, algo insegura, miró por la mirilla, abrió la puerta y se encontró con una deliciosa tarta sobre un taburete. No hubo abrazos ni besos. Pero eso, hoy, también es un signo de cariño. Charo se asomó al patio emocionada y, llorando, escuchó cómo sus vecinos, desde las ventanas de las cocinas, le coreaban feliz cumpleaños.

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